El adiós de Rubalcaba

 

José Antonio Ortega | jaortega@jaortega.es - www.jaortega.es

Llámenme sensiblero. O tonto, si lo prefieren. En el fondo algo de ambas cosas tengo. Pero a mí el otro día me enterneció la imagen de un don Alfredo Pérez Rubalcaba a punto de echarse a llorar por la despedida que le brindó el Congreso de los Diputados casi al completo. Independientemente de que en todo aquello hubiera un poco o un mucho de paripé.

Después de más de 20 años entregado a la actividad política, y no precisamente la política de andar por casa, sino la política de altos vuelos, se nos marcha el hombre con una hoja de servicios que para sí quisieran muchos. Como lo demuestra, por ejemplo, el excelente trabajo que desde el Ministerio del Interior llevó a cabo para conseguir el final de Eta, mientras desde la oposición de entonces, por cierto, y los medios afines, no paraban de ponérsele zancadillas y palos en las ruedas.

Se nos marcha un estadista de la vieja escuela, uno de los dirigentes de inteligencia más brillante con los que ha contado el PSOE a lo largo de las dos últimas décadas. Un orador que puede incluirse entre los más capacitados de los que han ocupado escaño y han pasado por la tribuna de nuestra cámara de representantes. No tanto por su mayor o menor habilidad en el manejo de la retórica, su capacidad para la dialéctica o su ingenio como por la sensación de sinceridad que transmitía en cada una de sus intervenciones. Lo que no es de desdeñar, sino todo lo contrario, teniendo en cuenta lo complicado que resulta para quien se dedica a la cosa pública no tanto ya ser sincero, que es demasiado pedir, como parecerlo. Y, más aún, cuando se cruzan las razones de estado de por medio. Una sinceridad que hacía que su discurso, salvo contadas excepciones, sonora convincente aunque no siempre a todos convenciera. Lo que no es una contradicción, por mucho que se le asemeje.

Don Alfredo merecía, en mi opinión, haber terminado su carrera después de haber pasado por la presidencia de gobierno, pero tuvo la mala suerte de que le tocó bailar con la más fea. Llegó a la secretaría general del Partido Socialista en el peor de los momentos y después de comerse el marrón de presentarse a unas elecciones, las de 2011, que estaban requeteperdidas de antemano como consecuencia de la que por entonces estaba cayendo debido a los efectos de la crisis. Supongo que no sólo con el objetivo de reflotar el PSOE, sino también con la esperanza, confesada o no, de capitanearlo y representarlo como cabeza de lista. Aunque también con la certeza cada día más evidente para él de que eso de ser candidato en los próximos comicios generales se antojaba una misión harto difícil por no decir imposible. Así de injusta es la vida, como ya todos, o casi todos, sabemos. Tanto que la mayor parte de las veces no llega más alto quien más lo merece, sino quien menos escrúpulos gasta o más potra tiene.

El todavía líder de los socialistas cumplió como ministro de Educación y Ciencia y como ministro de la Presidencia durante los gobiernos de Felipe González, entre 1992 y 1996, y como ministro de Interior, Vicepresidente y portavoz en la etapa de Zapatero, entre 2006 y 2011. Y lo hizo con muy alta nota, a mi juicio, sin alardes y sin afanes de protagonismo. Como el actor secundario que le correspondió ser en el drama de nuestra política nacional para que otros en escena se lucieran.

Pero también cumplió, y cubrió expediente, como secretario general del PSOE, en la medida en la que pudo y le dejaron. Para irse, no antes ni después, sino justo cuando debía, creo yo. Y para abrir con su salida un tiempo nuevo en la historia de este partido. Un período que, a mí personalmente como afiliado, y como ciudadano interesado por lo que pasa en este país en el que vivo, se me antoja ilusionante.

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