Ganas de guerra

 

El reconocido defensor de los derechos humanos Kenneth Roth, escribía en elDiario.es que le encantaría ver el fin del régimen islamista iraní, “pero un mundo donde los asuntos de vida o muerte -el destino de países enteros- descansan en los caprichos egoístas de personas como Trump y Netanyahu está lleno de peligros”.

En ese escenario se encuentra la humanidad. Quien no respeta la democracia en su propio país -no hay que olvidar que Trump alentó el asalto al Capitolio cuando perdió las anteriores presidenciales e indultó a los condenados por esta acción cuando accedió a la Casa Blanca- no puede esperarse que respete el derecho internacional.

Trump no quiere aliados, quiere vasallos. Lo ha demostrado con sus intenciones declaradas de hacerse con Groenlandia. Gobierno que le lleve la contraria es un gobierno enemigo al que no tarda de amenazar con sanciones económicas. Ocurre ahora con España.

La injerencia en otros países alcanzan al secuestro de un presidente o el bombardeo de ese país. En esa gama de violación de la legalidad internacional se incluye las sanciones a jueces brasileños que investigaban al golpista Bolsonaro o a la exigencia que cada nación de la OTAN emplee el 5 % del producto interior bruto en defensa, aunque ello perjudique la inversión en sanidad, educación o en los sectores más necesitados de cada nación.

El prestigioso diario New York Times, a propósito de la guerra emprendida contra Irán, escribía: “En su campaña presidencial de 2024 Donald Trump prometió a los votantes que pondría fin a las guerras, no que las empezaría”. Y recordaba el periódico que el año pasado había ordenado ataques en siete países.

El diario señalaba que había iniciado la presente guerra “sin explicar al pueblo estadounidense y al mundo por qué lo hacía” y que tampoco había contado con el Congreso “al que la Constitución otorga la facultad exclusiva de declarar la guerra”.

El presidente afirmó públicamente que con los bombardeos sobre Irán de junio pasado había finiquitado el programa nuclear iraní. ¿Qué fundamentaba, entonces, la nueva agresión sin respaldo legal alguno? La justificación de un inmediato ataque iraní también ha sido esgrimido y ello recuerda a lo de las armas de destrucción masiva, la gran mentira para la invasión de Irak en 2003. Conviene recordar también que dicha intervención, al igual que ocurrió en Libia, no desembocó en la democracia, sino en la fragmentación y la guerra civil.

Las pretensiones del presidente Trump no pasan por la lucha por la democracia. El magnate maneja otros intereses y tiene ganas de guerra. Como editorializaba New York Times: “su apetito de intervención militar crece a medida que lo alimenta”.

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