Fofo, el hombre que aprendió a mirar

 

Ayer, en el Hotel Montera Plaza, volvieron a pronunciar su nombre.

Una vez más, las luces se encendieron sobre un escenario para reconocer una trayectoria que empezó mucho antes de que llegaran los premios, cuando nadie imaginaba que aquel muchacho de La Juliana acabaría acumulando tantos recuerdos, tantas historias y tanto cariño alrededor de su nombre.

Y mientras lo veía recibir un nuevo reconocimiento, pensé que quizá los premios cuentan solamente una pequeña parte de lo que es una persona.

Porque detrás de ese momento hay muchos años.

Mucho trabajo, muchas fotografías, muchas noches, muchas personas.

Y una vida entera dedicada, de una manera u otra, a estar.

Ayer recibió otro premio.

Pero la verdadera historia empezó hace mucho tiempo.

Nació en La Juliana, en un barrio humilde donde aprendió algunas de las cosas que no se enseñan en ninguna escuela: el valor de las personas, de la amistad, de la palabra dada y de no olvidar nunca de dónde se viene.

Porque hay lugares que no solo nos ven crecer.

También nos enseñan a mirar.

Y allí, entre la música, los amigos y la vida de barrio, estuvo también una figura fundamental: mi tío Alfonso.

Un hombre adelantado a su tiempo, de quien aprendió mucho más que un oficio. Aprendió conocimientos, sí, pero también una manera de enfrentarse a la vida: con curiosidad, con esfuerzo y con esa capacidad de buscarse el camino cuando nadie te lo pone hecho.

Después llegaron los años y cada uno fue escribiendo su propia historia.

La suya está llena de personas.

Quizá esa sea una de las cosas que mejor lo definen.

Nunca ha entendido demasiado de distancias cuando alguien necesita ayuda. Tiene esa forma de ser de quienes dan antes de pensar en recibir. Ayuda porque le sale, porque lo lleva dentro, porque probablemente ni siquiera considera que esté haciendo algo extraordinario.

Y, sin embargo, lo es.

Vivimos en un tiempo en el que muchas veces se habla demasiado de lo que uno consigue y demasiado poco de lo que uno entrega.

Él pertenece a esa otra clase de personas que quizá no sepan hacer grandes discursos sobre la solidaridad, pero que aparecen cuando hacen falta.

Sin fotografías, sin aplausos, sin esperar nada.

Aunque después, curiosamente, la vida termina encontrando la manera de reconocer lo que uno ha hecho.

Los reconocimientos recibidos son parte de ese camino: Personaje Popular de la XXXIII Tagarninada Popular, en 2025; el reconocimiento de la Hermandad de San Isidro Labrador y Nuestra Señora del Rosario, en 2026; la distinción a su trayectoria en comunicación en la V edición de los Premios Comarcales Magazín Empresarial; y ahora, este nuevo reconocimiento recibido ayer en el Hotel Montera Plaza.

No los veo como premios aislados.

Los veo como pequeñas ventanas desde las que se puede mirar una vida entera.

Porque detrás de cada uno hay años.

Hay trabajo, hay gente, hay tiempo entregado.

Hay una historia que empezó mucho antes de que llegaran los reconocimientos.

Y luego está esa cámara.

Siempre la cámara.

Pero aquella historia empezó mucho antes de las cámaras que hoy conocemos.

Su primera cámara fue una Minolta. La tuvo desde joven y, con apenas diecisiete años, ya la llevaba consigo durante el servicio militar, fotografiando incluso las maniobras.

Quizá nadie podía imaginar entonces hasta dónde llegaría aquella afición.

Tal vez aquella primera cámara no era solamente una máquina para hacer fotografías.

Era el comienzo de una manera de mirar.

Y desde entonces no ha dejado de hacerlo.

Durante décadas ha ido fotografiando la vida de Los Barrios.

Sus calles, sus fiestas, sus procesiones, sus ferias, sus romerías, sus acontecimientos, sus personajes, sus días grandes y sus días pequeños.

Ha fotografiado a generaciones enteras y, sin darse cuenta, ha ido construyendo algo que vale mucho más que una colección de imágenes.

Ha construido memoria.

Porque dentro de todas esas fotografías está el pueblo que muchos recuerdan.

El pueblo de nuestros padres.

El de nuestros abuelos.

El de nuestra infancia.

El de las personas que estuvieron y ya no están.

El de las costumbres que cambiaron.

El de las calles que quizá hoy son diferentes.

El de una vida que, si no fuera por imágenes como las suyas, algún día solo existiría en nuestros recuerdos.

Y hay algo especialmente hermoso en eso.

Mientras otros viven los acontecimientos, él los guarda.

Mientras otros pasan por ellos, él se detiene.

Mientras el tiempo avanza, él intenta robarle pequeños pedazos.

Una cara, una mirada, una sonrisa, una celebración, una lágrima, un abrazo.Un instante cualquiera que quizá, años después, alguien vuelva a mirar y diga:

“Yo estaba allí.”

Porque una fotografía no detiene solamente un instante. A veces consigue detener una época.

Una persona, una emoción. Una parte de nosotros mismos que creíamos perdida.

Hay quien mira y simplemente ve.

Él mira y encuentra.

Encuentra aquello que merece ser guardado.

Y quizá esa sea la razón por la que su cámara se ha convertido en una parte inseparable de su historia.

Pero sería injusto reducirlo a una cámara.

Porque también está el profesional.

El hombre que se ha hecho a sí mismo trabajando y aprendiendo.

El electricista que sabe encontrar una solución donde otros solo ven un problema.

Y aquí hay una paradoja preciosa.

Se gana la vida haciendo que las cosas vuelvan a tener luz.

Pero creo que, sin saberlo, lleva muchos años haciendo algo parecido con las personas.

Porque hay gente que ilumina una habitación.

Y hay gente que ilumina un momento.

Él tiene esa capacidad.

La de llegar con su alegría, con su manera de hablar, con una ocurrencia, con una canción o con esa forma tan suya de relacionarse con los demás y conseguir que todo parezca un poco más fácil.

Quizá eso explique tantos amigos.

Quizá eso explique que tantos quieran tenerlo cerca.

Y quizá explique también por qué, cuando alguien recibe cariño de tanta gente durante tantos años, ese cariño termina convirtiéndose en una especie de biografía paralela.

La que escriben los demás sobre uno.

No con palabras.

Con recuerdos, con fotografías.

Con historias que empiezan diciendo:

“¿Te acuerdas de aquel día…?”

Y ahí está la verdadera medida de una vida.

No en cuántas cosas has conseguido.

Sino en cuántas personas pueden contar una historia en la que tú formas parte.

Por eso me gusta pensar que todos esos reconocimientos no son el final de nada.

Son apenas una manera de ponerle nombre, desde fuera, a algo que quienes lo queremos hemos sabido desde siempre.

Que detrás del hombre de la cámara hay un hombre que sabe mirar.

Que detrás del profesional hay alguien que aprendió de los suyos.

Que detrás de tantas fotografías hay alguien que entiende el valor del tiempo.

Y que detrás de tantos amigos hay una persona que, a su manera, ha ido dejando un poquito de sí misma en la vida de los demás.

Al final, quizá eso sea lo más hermoso que podemos hacer mientras estamos aquí.

No pasar.

Permanecer.

No necesariamente en los libros, ni en los grandes titulares.

Sino en la memoria de quienes un día compartieron contigo una mesa, una canción, una fiesta, un problema, una carcajada o simplemente un rato cualquiera.

Porque los años terminan llevándose casi todo.

Se llevan las modas, los lugares, las preocupaciones y hasta algunas certezas.

Pero hay cosas que se resisten.

Una fotografía, una canción, una historia, una amistad.

Y el recuerdo de alguien que, sin proponérselo, consiguió que nuestra vida tuviera un poco más de luz.

Ese es Alfonso. 

Mi primo.

Para muchos, simplemente Fofo.

Para quienes tenemos la suerte de conocerlo de verdad, mucho más que eso.

Un hombre que nació en un barrio humilde, aprendió de los que estuvieron antes, hizo de su oficio una forma de vida, convirtió una cámara en una manera de contar el mundo y, sobre todo, entendió algo que no se aprende en ninguna escuela:

que mirar a los demás con cariño también es una forma de quererlos.

Y quizá por eso, cuando algún día alguien encuentre una fotografía suya entre miles de fotografías, no verá solamente una imagen.

Verá un pedazo de tiempo.

Y detrás de ese instante estará él, como tantas veces, cámara en mano.

Mirando.

Porque algunas personas fotografían la vida.

Y otras, sin darse cuenta, ayudan a que la vida tenga memoria.

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