Abría la tarde un primer toro de Guadalmena que, a la postre, resultó un oponente complejo y nada idóneo para el lucimiento. Sin embargo, Galván firmó un rotundo inicio de faena a pies juntos, estatuario y sin enmendar un solo centímetro de terreno, abrochando la serie con un templadísimo pase de pecho. Conectó de inmediato con el respetable a través de un trasteo inteligente y de menos a más, basando el grueso de la labor sobre la mano diestra. El torero se impuso a las desclasadas embestidas con mando y suavidad, cerrando su obra con unas ajustadísimas manoletinas. Tras recetar una gran estocada, rodó el astado y cayeron de ley las dos orejas.
El cuarto de la tarde, un ejemplar que tampoco ofreció opciones claras de inicio, sirvió para que Galván destapara su versión más profunda. El gaditano lo recibió con unos doblones por bajo de bellísima factura, impregnados de ese sello tan personal y torero que le caracteriza. A partir de ahí, estructuró una faena en la que sobresalieron varias tandas de naturales excelsos, templados y de mano baja, ralentizando la embestida del de Guadalmena. El triunfo de tres o cuatro orejas era un hecho, pero esta vez el acero no entró a la primera, quedando todo en una fortísima ovación que reconoció la dimensión del torero.
Con este nuevo triunfo y una oreja de peso específico en el esportón, David Galván abandonó el coso jiennense a hombros, refrendando su idilio con una afición que volvió a entregarse a su concepto.
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