PLAZA DE ARMAS

De la estancia sanroqueña del cura Juan José Olite

 

La villa de Los Barrios ha rendido un merecido homenaje al sacerdote Juan José Olite, creador de una de las jornadas más celebradas en la población, el Día del Niño. El acto puso de manifiesto el cariño que el pueblo barreño guarda a la memoria del religioso navarro. Su labor social fue importantísima en unos años donde la falta de medios era acuciante. Sin infraestructuras para la juventud, ausencia de cultura y sin servicios sociales en medio de una sociedad todavía cerrada, propia de esos años de inicio de los setenta del pasado siglo.

Tras Los Barrios su siguiente destino fue San Roque, donde halló esa misma sociedad, y donde emprendió de inmediato un trabajo cercano a los jóvenes. A ese tiempo, en pleno tardofranquismo, quiero referirme.

Este cura de pantalón vaquero y camisa traía los aires nuevos del Concilio Vaticano II. La jerarquía española acogió las conclusiones del concilio con enorme resistencia. Por su parte, el clero joven se mostró ilusionado y se inició un movimiento a favor de las libertades y de compromiso con las clases populares. El concilio, en definitiva, defendía los derechos de las personas que el franquismo negaba.

Olite no era el único sacerdote de la comarca comprometido. Recuerdo especialmente a Dámaso Piña, de la iglesia de San Bernardo, en Estación de San Roque y Andrés Avelino González, el cura obrero de la barriada de los Pescadores, en Algeciras, que en plena Transición recibió una paliza por parte de unos policías.

En San Roque -donde la única asociación juvenil era la falangista OJE- impulsó el Club Parroquial, en cuyo seno se crearon secciones de teatro, música, deportes y la encargada de editar la publicación El Búho. Fue una asociación donde confluían sensibilidades distintas, pero unidas en la obtención de espacios para los jóvenes y preocupados por la desigualdad social.

De la misma manera, se aglutinó un grupo más concienciado y comprometido con la lucha por la democracia, donde tenían cabida cristianos progresistas, miembros de algunas organizaciones que operaba en la clandestinidad e independientes. Un grupo que se movía aparte en función de la seguridad que exigía el momento.

La expresión máxima y arriesgada de ese compromiso tuvo lugar en 1975. La Casa de Ejercicios Cristo Rey fue el escenario de una semana cultural, que supuso una clara manifestación contra el régimen, la primera en la ciudad desde 1936.

Acompañé en diferentes ocasiones a Juan José en su coche -creo que un viejo Dyane- por las iglesias de curas comprometidos en cuyas multicopistas se imprimía el periódico y octavillas en favor de la democracia, y a asistir a las reuniones clandestinas en su casa de la parroquia Santa María la Coronada, de la que era coadjutor.

En algunos de esos itinerarios por la comarca hablábamos del compromiso cristiano por mejorar la situación de los más pobres y de los marginados. Esa ilusión de un tiempo que habría de ser envuelta, más tarde, por la ola del desencanto de muchos de aquellos jóvenes.

Olite no pedía a los jóvenes que asistieran a los ritos eclesiásticos -de hecho una buena parte vivíamos al margen-, prefería el compromiso social sobre el terreno, en la línea de los movimientos de base. La mejor manera de entender el cristianismo.

Se podría contar mucho más de la estancia de Juan José Olite en San Roque en un tiempo especialmente difícil, pero propicio para el esfuerzo por una sociedad más justa y democrática.

Lo cierto es que el cerco se fue cerrando. Juan José pasaba las noches en la Casa de Ejercicios por motivos de seguridad. Un grupo ultra -entonces no se andaban con medias tintas- amenazó directamente a varios de los miembros del club y el modesto periódico fue obligado al cierre. No obstante, las mismas convicciones que motivaron aquel proyecto de hace cincuenta años, sirvieron a más de uno para reafirmarse en el acierto de haber escogido -en un momento determinado de la vida de un país y de una ciudad- el camino correcto de la historia.

 

 

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