Antonio Machado: 75 Años Exiliado tras su Muerte

 

Ángel Tomás Herrera | Licenciado en Derecho

Este 22 de febrero se han cumplido 75 años de la muerte del gran poeta Antonio Machado, eternamente exiliado en Collioure – Francia. Su imagen simbólica, sus versos, salidos directamente del corazón, siguen teniendo sentido, y están tan presentes entre nosotros, ahora como entonces. Muchos españoles de aquella ignominiosa época perdieron la vida, y otros, como el poeta andaluz, tuvieron que huir por sus ideas o por las atrocidades de una guerra cainista en la que todos perdimos. La situación actual, pintada con una pátina de sutil y callada opresión, no es muy distinta. Estamos como muchos economistas ya reconocen ante una auténtica guerra económica y mediática, alentada por políticas inútiles y corruptas que amenazan con prolongar una situación crítica, tan insoportable como amenazadora.

A diferencia de Ramón Menéndez Pidal, Américo Castro, Azorín, Pío Baroja, José Ortega y Gasset, Juan Ramón Jiménez, Ramón Gómez de la Serna, Gregorio Marañón, Pedro Salinas, Salvador de Madariaga o Ramón Pérez de Ayala, que abandonaron el país debido al cariz que estaba tomando la Guerra Civil Española, Machado entendió que a sus 61 años lo mejor sería quedarse en su domicilio familiar de Madrid, como gesto de apoyo a la legalidad republicana. Aun así, los precedentes de la muerte de Federico García Lorca y Blas Infante, llevaron a que León Felipe y Rafael Alberti le rogasen, hasta en dos ocasiones, para que abandonará el territorio y aceptase la evacuación a Valencia. Cosa que finalmente haría en 1938, y de alli a Barcelona, donde cruzaría la frontera dirección a Francia el 22 de enero de 1939. El consulado de la República española en Perpiñán ofreció entonces a Machado la ayuda que necesitase y le recomendó trasladarse a París, donde era esperado. Pero el poeta hastiado de guerras y gravemente enfermó declinó la ayuda. Sin fuerzas para continuar su camino, decidió tomar rumbo a un discreto lugar donde dejar caer sus huesos. Ese lugar sería Collioure, en el que finalmente moriría con 75 años un 22 de febrero de 1939. Su madre moriría tan sólo dos días después, enterrándose juntos.

El poeta sevillano murió “ligero de equipaje, casi desnudo, como los hijos de la mar”, y desde entonces así continúa, homenajeado, desnudo, exiliado. En estos tiempos donde muchos españoles morirán como Machado, exiliados en otros lejanos lugares, por la azarosa crisis económica que nos tiraniza y empobrece cada día más, sus versos están más vivos que nunca. Aún así, nos falta quizás la rabia y nobleza de entonces, porque los problemas siempre han estado ahí, lo que ahora nos caracteriza es que hemos bajado los brazos.

Tu que lees estas letras simbolizas en tu persona y con tu vida el éxodo generacional de un siglo XXI que todos concebíamos mucho mejor y se nos ha ido de las manos, tal y como Machado y su muerte, simbolizaron el éxodo y la derrota de 1939. Quizás, no lo se, nos unan algo más que unos cuantos versos, nacionalidad y políticas destructivas. Somos los mismos españolitos, los nuevos exiliados, algunos en su propia patria, con sus penas y glorias, con sus necesidades no atendidas, con sus esperanzas.

Platón, Leibniz, Kant, Bergson, Unamuno o el propio Ortega y Gasset influyeron en los pensamientos y poemas de Machado. Pero las soledades, la ausencia, la añoranza, la niñez, fueron sin duda motivos suficientes de inspiración para el poeta andaluz del pueblo. La mujer ausente, al amor perdido, la luz de la niñez, hicieron de Machado un ácrata que sólo concibió la poesía como patria y la vida como camino, describiendo mejor que nadie la frugal existencia y el final del camino donde espera paciente la parca.

Al ir a enterrarle cuentan que hallaron en el bolsillo de su abrigo una pequeña anotación: “ Estos días azules y este sol de la infancia”. Versos que hablan de esperanza en ojos de niño, de días luminosos y azules de esta Andalucía. A caso quien no recuerda esos días azules, de sol e inocencia, tan distintos a los que ahora compartimos, aciagos y oscuros.

El Machado del limonero sevillano, del recio páramo soriano, de la humilde lápida de Collioure, es el mismo que bulle en sus versos, que ya forman parte de nuestra conciencia social. Nos recuerdan, como el rumor del agua, que nadie es profeta en su tierra, que la historia se puede repetir mil y una veces, siendo a la vez canto a la incomprensión y la esperanza, como un recuerdo a nuestra fugaz vida, recorriendo caminos que nunca volveremos a andar. Eternamente exiliados en territorios extraños, dentro de nuestros mismos corazones.

  Al olmo viejo, hendido por el rayo 

y en su mitad podrido, 

con las lluvias de abril y el sol de mayo 

algunas hojas verdes le han salido.

  ¡El olmo centenario en la colina 

que lame el Duero! Un musgo amarillento 

le mancha la corteza blanquecina 

al tronco carcomido y polvoriento.

  No será, cual los álamos cantores 

que guardan el camino y la ribera, 

habitado de pardos ruiseñores.

  Ejército de hormigas en hilera 

va trepando por él, y en sus entrañas 

urden sus telas grises las arañas.

  Antes que te derribe, olmo del Duero, 

con su hacha el leñador, y el carpintero 

te convierta en melena de campana, 

lanza de carro o yugo de carreta; 

antes que rojo en el hogar, mañana, 

ardas en alguna mísera caseta, 

al borde de un camino; 

antes que te descuaje un torbellino 

y tronche el soplo de las sierras blancas; 

antes que el río hasta la mar te empuje 

por valles y barrancas,  

olmo, quiero anotar en mi cartera 

la gracia de tu rama verdecida. 

Mi corazón espera 

también, hacia la luz y hacia la vida, 

otro milagro de la primavera.

A un olmo seco, primavera de 1912 – Campos de Castilla, Antonio Machado ( 1875 – 1939 ).

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