Hay imágenes que deberían avergonzarnos como sociedad. Un periodista intentando hacer su trabajo mientras es insultado. Una cámara que deja de grabar porque alguien la golpea. Un reportero obligado a retroceder porque otros han decidido que no tiene derecho a estar allí.
Y entonces me pregunto: ¿en qué momento confundimos el derecho a protestar con el derecho a agredir?
Lo que estamos viendo estos días alrededor de la situación de Ceuta no debería despacharse como una simple anécdota. Profesionales de la información han sufrido insultos, amenazas y agresiones mientras intentaban hacer aquello para lo que fueron allí: informar.
Y conviene decirlo alto y claro: un periodista no es el enemigo porque no nos guste lo que cuenta.
Podemos cuestionar una noticia. Podemos criticar a un medio. Podemos discrepar de su línea editorial. Podemos apagar la televisión, cambiar de emisora, dejar de comprar un periódico o escribir una crítica.
Lo que no podemos hacer es levantar la mano.
Porque cuando alguien agrede a un periodista no está silenciando solamente a una persona. Está intentando decidir qué podemos ver, qué podemos escuchar y qué podemos conocer.
Y eso debería preocuparnos a todos.
Me preocupa especialmente que estemos empezando a acostumbrarnos.
Nos acostumbramos al insulto.
Nos acostumbramos al señalamiento.
Nos acostumbramos a llamar enemigo a quien piensa diferente.
Nos acostumbramos a perseguir en las redes a quien se atreve a discrepar.
Y después nos sorprendemos cuando alguien cruza la última línea y pasa del insulto al golpe.
Pero la violencia no aparece de repente.
Antes de un empujón suele haber un señalamiento.
Antes de una amenaza suele haber una campaña de odio.
Antes de una agresión suele haber alguien que ha conseguido convencer a otros de que la persona que tienen delante no merece respeto.
Y ahí es donde deberíamos detenernos.
Porque una democracia no se mide únicamente por poder votar cada cuatro años. También se mide por nuestra capacidad para soportar aquello que no queremos escuchar.
Y esto vale para todos.
Para la izquierda.
Para la derecha.
Para quienes defienden una determinada política migratoria y para quienes defienden otra.
Para quienes aman a un medio de comunicación y para quienes no lo soportan.
La libertad de información no pertenece a ningún partido. Pertenece a todos.
Hoy pueden agredir a un periodista de un medio que no te gusta.
Mañana puede ser ese periodista quien cuente aquello que tú necesitas que alguien cuente.
Y pasado mañana quizá sea tu propia voz la que alguien quiera silenciar.
Por eso no hace falta estar de acuerdo con quien sostiene el micrófono para defender que pueda seguir sosteniéndolo.
Hace falta algo mucho más sencillo: recordar que detrás de ese micrófono hay una persona que está trabajando.
Una persona que tiene derecho a volver a casa.
Una persona que tiene derecho a preguntar.
Una persona que tiene derecho a contar.
Porque una sociedad que empieza a golpear al mensajero porque no soporta el mensaje no está defendiendo sus ideas.
Está empezando a perder su libertad.
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