Hay una teoría que llevo años defendiendo y que, cuanto más tiempo pasa, más cierta me parece: el año no empieza el 1 de enero. Empieza el 1 de septiembre.
Al menos para una buena parte de nosotros.
Durante años fui profesor y recuerdo perfectamente esa sensación que aparecía cuando agosto empezaba a agotarse. El 31 de agosto tenía algo extraño. Una mezcla de domingo por la tarde, final de vacaciones y Nochevieja.
Los profesores y maestros sabemos bien de qué hablo.
No hay uvas ni campanadas, pero casi.
El día anterior todavía estás en agosto y, de repente, llega septiembre. Hay que volver al centro, encontrarse con compañeros, conocer horarios, preparar clases, organizar materiales y empezar a pensar en un nuevo grupo de alumnos.
Todo vuelve a ponerse en marcha.
Cuando eres profesor, los cursos terminan teniendo más importancia que los años naturales. Piensas en 2024-2025 o 2025-2026 casi con más facilidad que en 2025 o 2026.
Nuestra vida acaba organizada de septiembre a junio.
Y quienes tienen hijos tampoco necesitan que les explique demasiado esta sensación.
Septiembre significa comprar material escolar, revisar uniformes, recuperar horarios, volver a preparar mochilas y empezar otra vez con ese pequeño milagro cotidiano que consiste en conseguir que toda una familia salga de casa por la mañana más o menos a tiempo.
También significa acostarse antes.
O intentarlo.
Y volver a escuchar algunas de las frases clásicas de estas fechas:
—A partir de mañana nos organizamos.
—Esta semana empezamos ya con la rutina.
—Hay que volver a comer bien.
—En septiembre me apunto al gimnasio.
Esta última merece probablemente un artículo propio.
Septiembre tiene algo de segunda oportunidad
Ahora ya no veo septiembre desde un aula.
Lo veo desde una consulta de psicología.
Y resulta curioso comprobar que la sensación es prácticamente la misma.
Con la llegada de septiembre aumenta el número de personas que llaman para pedir cita. Algunas llevan semanas o incluso meses pensando en hacerlo.
“Después del verano voy.”
“Cuando pasen las vacaciones empiezo.”
“En septiembre quiero ponerme con esto en serio.”
No creo que sea casualidad.
Septiembre tiene algo de página en blanco.
Durante julio y agosto parece que la vida funciona con unas reglas ligeramente distintas. Los horarios se desordenan, viajamos más, vemos a personas que durante el resto del año vemos menos, comemos diferente y muchas obligaciones quedan aparcadas.
Incluso quien trabaja durante todo el verano nota que alrededor suyo el ritmo cambia.
Y entonces llega septiembre y alguien parece pulsar un interruptor.
Se acabó.
Volvemos.
Quizá por eso septiembre nos invita tanto a hacer balance.
¿Qué quiero cambiar?
¿Qué llevo demasiado tiempo aplazando?
¿Qué quiero empezar?
¿Qué quiero recuperar?
Y aparecen los propósitos.
Los gimnasios vuelven a llenarse. Empiezan las dietas. Nos apuntamos a cursos. Compramos agendas. Decidimos aprender inglés. Organizamos la casa. Retomamos proyectos.
Y regresan también uno de los grandes clásicos de nuestra infancia: los fascículos de septiembre.
Aquello era una señal inequívoca de que el verano había terminado.
Construya un barco histórico pieza a pieza.
Coleccione los grandes coches clásicos.
Aprenda a pintar.
Descubra los dinosaurios.
Minerales del mundo.
Muñecas de época.
Y, por supuesto, los álbumes de cromos.
Septiembre siempre ha tenido una extraordinaria capacidad comercial para vendernos una idea muy sencilla:
puedes empezar algo nuevo.
Y reconozco que esa idea me gusta.
Necesitamos fechas que marquen etapas
Hay algo profundamente humano en dividir nuestra vida en etapas.
Cumpleaños.
Aniversarios.
Cursos escolares.
Lunes.
Principios de mes.
Años nuevos.
No dejan de ser fechas en un calendario, pero psicológicamente nos ayudan a ordenar el tiempo.
Nos permiten pensar que algo termina y otra cosa comienza.
Por eso seguramente es más fácil decir:
“En septiembre voy a empezar a cuidarme”
que:
“Voy a empezar el miércoles 19 de agosto a las cinco y cuarto de la tarde.”
Septiembre ofrece una frontera.
Antes estaba el verano.
Ahora empieza otra cosa.
Y esas fronteras mentales pueden ser útiles porque nos ayudan a tomar distancia de hábitos anteriores y a imaginarnos haciendo las cosas de otra manera.
El problema aparece cuando convertimos esas fechas en condiciones necesarias para cambiar.
“Empiezo el lunes.”
Llega el lunes y algo sale mal.
“Bueno, pues el mes que viene.”
Llega octubre.
“Después de Navidad.”
Y de repente llevamos dos años esperando el momento perfecto para empezar algo que nos importa.
No necesitamos sentir que nuestra vida está completamente organizada para dar un primer paso.
Ni necesitamos hacerlo todo a la vez.
El peligro de querer estrenar una vida entera
Septiembre también puede traer cierta presión.
Porque no nos proponemos una cosa.
Nos proponemos catorce.
Vamos a hacer deporte cuatro días por semana, comer perfectamente, acostarnos temprano, leer todos los días, ahorrar, aprender inglés, pasar más tiempo con nuestros hijos, ordenar la casa y responder todos los correos electrónicos pendientes.
Todo a partir del lunes.
Y posiblemente el martes ya estemos agotados.
Los cambios que permanecen rara vez empiezan con una revolución.
Suelen empezar de una manera bastante menos espectacular.
Una caminata.
Una llamada que llevábamos tiempo evitando.
Acostarnos media hora antes.
Pedir una cita.
Volver a ver a un amigo.
Retomar algo que nos hacía bien.
Decir que no a algo que llevamos demasiado tiempo aceptando.
A veces septiembre no necesita convertirse en una transformación completa de nuestra vida.
Puede ser simplemente un buen momento para preguntarnos:
¿Qué pequeña cosa me gustaría hacer diferente este curso?
También empieza un año para los adultos
Quizá por haber sido profesor sigo pensando en cursos.
Cuando alguien me dice “el año pasado”, muchas veces tengo que hacer un pequeño cálculo mental para saber si habla del año natural o del curso anterior.
Y creo que no soy el único.
Aunque hace mucho que dejamos el colegio, una parte de nosotros continúa viviendo de septiembre a junio.
Septiembre sigue oliendo un poco a cuadernos nuevos.
A zapatos que todavía aprietan.
A estuches con todos los lápices intactos.
A aulas recién abiertas.
A reencontrarse con personas que no veíamos desde junio.
Por supuesto, cuando somos adultos nuestros septiembres son bastante menos románticos.
Hay facturas.
Atascos.
Correos.
Despertadores.
Reuniones.
Y la constatación bastante dolorosa de que durante las vacaciones uno podía levantarse perfectamente a las diez de la mañana y ahora resulta que aquello ya no parece estar socialmente aceptado.
Pero incluso así permanece esa sensación de comienzo.
Feliz Año Nuevo
Así que, si el próximo 31 de agosto alguien les desea feliz Año Nuevo, no piensen que se ha confundido de fecha.
Quizá simplemente sea profesor.
O padre.
O madre.
O tenga todavía muy presente aquella época en la que nuestra vida comenzaba cada septiembre con una mochila nueva.
Yo ahora observo este fenómeno desde otro lugar.
Ya no espero septiembre pensando en horarios de clase ni en alumnos. Lo veo en las personas que llegan a consulta con ganas de cambiar algo, de entenderse mejor o simplemente de dejar de aplazar una decisión.
Y cada año me convenzo un poco más.
El 1 de enero cambia el número que escribimos en la fecha.
Pero el 1 de septiembre cambia el ritmo de nuestra vida.
Tal vez por eso se parece tanto a empezar de nuevo.
Así que feliz Año Nuevo.
Y tranquilos.
No hace falta cambiarlo todo antes de octubre.
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