Juan Rocha Aguilar, el hombre que escuchó la voz del mar

La culebrina, antiguo cañón de avancarga de los siglos XVI-XVII, que durante siglos permaneció sepultada en el fondo de la ría de Pasajes, entre los montes Ulía y Jaizkibel, encontró de nuevo la luz gracias a un buzo gaditano. Por aquel hallazgo, convertido hoy en una de las piezas más valiosas del Museo San Telmo de San Sebastián, Juan Rocha Aguilar recibió en 1971 la Medalla del Castillo, reconocimiento a su pericia y a una vida dedicada al mar.

Juan Rocha Aguilar

Francisco Miguel Rey Cabrera

Hay hombres que navegan sobre el mar y otros que aprenden a escuchar su silencio. Juan Rocha Aguilar pertenecía a estos últimos. Natural de Los Cortijillos, en el municipio gaditano de Los Barrios, creció con la mirada puesta en el horizonte del Mediterráneo, ese mar luminoso que durante milenios vio pasar fenicios, griegos, romanos y navegantes de todos los confines. Casado con Mercedes Cabrera y padre de cuatro hijas —Victoria, Mari Carmen, Mercedes e Isabel—, hizo de la inmersión submarina mucho más que un oficio: convirtió el fondo del mar en su lugar de trabajo y en su pasión.

Su vida profesional lo llevó a recorrer las tres grandes almas marinas de la península. El Mediterráneo, donde nació, sereno y transparente, donde cada amanecer parece conservar el eco de las antiguas civilizaciones; el Atlántico, inmenso y majestuoso, que respira con la fuerza de los grandes océanos; y el Cantábrico, indómito y bravío. Si el Mediterráneo acaricia y el Atlántico abraza con su grandeza, el Cantábrico pone a prueba la experiencia de quienes se adentran en sus profundidades.

Fue precisamente el Cantábrico quien le reservó el descubrimiento que acabaría inscribiendo su nombre en la historia de San Sebastián. En 1970, mientras participaba en el dragado del puerto de Pasajes, Juan Rocha localizó una silueta extraña entre los sedimentos acumulados durante siglos. Poco a poco, bajo capas de lodo y arena, comenzó a emerger el perfil alargado de una antigua pieza de artillería. No era un simple resto metálico, era una culebrina, un cañón de avancarga de los siglos XVI o XVII, de tubo largo y estrecho calibre, concebido para alcanzar con precisión objetivos situados a gran distancia.

Aquella arma había conocido el tiempo en que los grandes galeones dominaban las rutas marítimas y las fortificaciones costeras protegían los puertos de corsarios y escuadras enemigas. Quizá perteneció a un navío hundido durante una tormenta o en el fragor de algún combate. Tal vez formó parte del sistema defensivo que durante siglos custodió la ensenada. El mar guardó el secreto de su origen, pero conservó intacto su valor histórico. Rescatar aquella pieza significaba devolver una página olvidada a la memoria colectiva y el Ayuntamiento de San Sebastián fue consciente inmediatamente de la trascendencia del hallazgo.

El año 1971 fue uno de los más sombríos de la historia reciente de San Sebastián. En Gipuzkoa seguía vigente el estado de excepción decretado con motivo del Proceso de Burgos y, por primera vez en décadas, las tamborradas de adultos no desfilaron por las calles. La ciudad vivía sumida en un clima de preocupación, incertidumbre e incómodos silencios, reflejo de la difícil situación política del momento.

En ese contexto, el 19 de enero de 1971, víspera de la festividad de San Sebastián, el salón de plenos del Ayuntamiento acogió uno de los actos institucionales más solemnes del calendario municipal. Ante la Corporación, las autoridades civiles y religiosas y un numeroso grupo de invitados, el alcalde, Felipe de Ugarte y Lambert de Sainte Croix, impuso la Medalla del Castillo a Juan Rocha Aguilar, a su compañero Francisco Mancisidor y a la empresa Dragados y Construcciones, responsable de las labores de dragado del puerto de Pasajes.

La distinción reconocía «el gran servicio prestado en beneficio del Museo Militar del Castillo» al haber recuperado de los fondos marinos una culebrina de extraordinario valor histórico y patrimonial, destinada a incorporarse a las colecciones del museo.

 

Medalla del Castillo otorgada a Juan Rocha

No se destacaba únicamente un descubrimiento arqueológico. Se premiaba un servicio prestado a la historia de la ciudad. Durante su intervención, el alcalde —teniente coronel diplomado de Estado Mayor— recordó la extraordinaria riqueza que esconden las aguas del litoral vasco. Afirmó que la historia militar de los últimos cinco siglos podría reconstruirse mediante el estudio de las armas recuperadas del mar, auténtico museo sumergido donde descansan los vestigios de guerras, naufragios y rutas comerciales. La incorporación de aquella culebrina al Museo Militar del Castillo de Urgull, Museo San Telmo en la actualidad, suponía, en sus palabras, un nuevo motivo de interés para comprender el pasado de San Sebastián.

Además, el reconocimiento oficial tuvo también su reflejo en el afecto de quienes compartían con Rocha la dureza del trabajo submarino. Al día siguiente, en Pasai Antxo, compañeros y amigos organizaron una comida de hermandad. No era únicamente una celebración por el rescate del cañón. Era un homenaje al hombre que había pasado incontables horas en la oscuridad del fondo marino, enfrentándose a corrientes, bajas temperaturas y una visibilidad casi nula para realizar trabajos de enorme dificultad técnica. Porque quienes viven del mar saben que bajo la superficie no solo existen rocas y arena. También descansan historias.

Han transcurrido más de cinco décadas desde aquel descubrimiento. La culebrina permanece expuesta en el Museo San Telmo-Urgull, contemplada cada año por miles de visitantes que desconocen el nombre del hombre que la devolvió a la luz. Sin embargo, cada objeto rescatado del fondo del mar lleva consigo la huella silenciosa de quienes hicieron posible su regreso. En el caso de aquella antigua pieza de artillería, esa huella pertenece a Juan Rocha Aguilar, un buzo gaditano que supo leer, en el silencio de las profundidades, una página olvidada de la historia. Porque el mar nunca olvida, solo espera a quien sepa escuchar lo que guarda bajo sus aguas.

“Culebrina denominada legítima porque su longitud supera 32 veces el tamaño de su calibre. Mide 266 cm, con una longitud de ánima de 230 cm y boca de fuego de 7,5 cm que lanzaría pelotas de hierro de 6 libras. Presenta dos asas características con forma de delfín, para el manejo de cabrias. La pieza fue descubierta en 1970 en las labores de dragado del puerto de Pasajes y extraída por un equipo de Buceadores Especialistas de la Armada” (Fuente: Web San Telmo Museoa).

Adenda

En 1974, Juan Rocha fue distinguido con la Medalla de Oro de Dragados y Construcciones en reconocimiento a su ejemplar intervención durante el trágico accidente, acaecido en el puerto de Pasajes en diciembre de 1968, en el que perdieron la vida cuatro compañeros.

A las hijas de Juan y Mercedes, y a todos sus descendientes, para que la memoria de quienes les precedieron permanezca viva de generación en generación y encuentren siempre en sus antepasados un motivo de orgullo.

Porque ellos fueron, nosotros somos.

Francisco Miguel Rey Cabrera, Vitoria-Gasteiz, julio 2026

 

Etiquetas:

El Reportaje

Noticias relacionadas

 
13 octubre 2026 | Manuel Álvarez Vázquez
Beni Rached, Beni Arax, Benarax
 
09 septiembre 2026 | Manuel Álvarez Vázquez
Calles de nombre religioso
 
25 agosto 2026 | Manuel Álvarez Vázquez
¿Benharás o Benarax?
 
10 agosto 2026 | José Luis García Melendez
Bacinete: un legado milenario escrito sobre la piedra