La envidia (el odio), según Castilla del Pino

PLAZA DE ARMAS

 

Entre la extensa obra científica del psiquiatra Carlos Castilla del Pino figura una que puede considerarse esencial. Teoría de los sentimientos es un tratado que aborda una de las dimensiones fundamentales de la persona. Uno de esos aspectos es la envidia.

Dice el psiquiatra sanroqueño que no se envidia a quien se considera inferior y que el envidioso crea una relación de dependencia hacia el envidiado. Éste, muchas veces, es ajeno a la envidia que suscita, incluso a la mera existencia del envidioso.

Argumenta el escritor que no se envidia el bien, sino a aquel que lo ha logrado, por lo que “sabemos de qué carece el envidioso a partir de aquello que envidia en el otro”.

Sostiene el psiquiatra que el envidioso persigue la destrucción del envidiado, “pero la destrucción de su imagen, no necesariamente del cuerpo físico del envidiado”. En efecto, más que la muerte se desea la caída en desgracia que permita que quede por debajo del envidioso. Y añade: “porque aun desaparecido de este mundo, su imagen persigue al envidioso, en la medida en que ésta es de él y persiste aún después de muerto”.

El envidioso trata de convertir al envidiado, de admirable y estimado, en inadmirable y odioso.

Cuando el envidiado deja de serlo porque se ha producido su defenestración, después de la alegría por ello, el envidioso puede llegar a compadecer “al menos por algunos momentos, porque al fin y a la postre siempre pensó que es ahí donde siempre debiera haber permanecido”.

El envidioso se mueve en un mundo de ocultaciones. Oculta su posición inferior respecto del envidiado y en ningún momento estará dispuesto a reconocer la superioridad del otro. También esconde las connotaciones morales negativas -maldad, dobleces, astucia- e intentará que su acción no es otra cosa que una crítica generosa: “digo esto por su bien”. Sin embargo, señala Castilla del Pino, la envidia acaba por emerger “porque la envidia es una pasión, y, como tal, controlable sólo hasta cierto punto”.

El envidioso hace de su acción un discurso monocorde y compulsivo, vuelve una y otra vez sobre el tema.

Una relación de odio

La envidia es fundamentalmente una relación de odio, afirma el psiquiatra. “El envidioso odia al envidiado por no ser como él, pero también se odia a sí mismo por ser quien es y como es”.

Son personas, continúa el académico “que no se aceptan a sí mismas y, por tanto, se odian”.

Para mayor abundamiento, explica Castilla del Pino, “el envidioso trata inútilmente de no ser el que es, de ser de otro modo a como es, de ser, en realidad, el otro, el envidiado”.

En otros aspectos, el envidioso es un individuo de ciertos valores “pero carece de aquel que el envidiado posee”. Su proyecto es la destrucción del envidiado. En ese objetivo también ha de destruir a aquellos que admiran al que él envidia.

Esa ceguera envidiosa “priva al que la padece de una productiva relación con el envidiado, y también con aquellos a los que se les predica la destrucción del mismo”. Ante el envidioso, quien lo detecta acaba por distanciarse, pues advierte su maldad y su capacidad de destrucción.

Para el psiquiatra, la envidia es una desgracia “un padecimiento, incluso -en un sentido laxo del término- una enfermedad, en la medida en que resulta de una singular deficiencia estructural del desarrollo del sujeto”.

Además, añade, “es crónica e incurable”, una manera de “instalarse en el mundo”. Por eso, “quien alguna vez ha tenido la experiencia dolorosa de la envidia está ya definitivamente contaminado por ella”. Dura toda la vida del envidioso que, “para su tormento, vive en y para la envidia”.

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