NMONTE DE LA TORRE

La sal de la Isla

 

En un ignoto lugar del planeta vivía un terrateniente bastante impopular entre sus vecinos por su carácter tan sombrío y serio pues, nunca le vieron en su rostro dibujada la luz de la alegría de una sonrisa. Tenía a su alcance todos los bienes materiales e inmateriales que demandara, pero le faltaba, aunque la intentaba encontrar, la felicidad. Por sus dominios, territorios ubicados en lugar estratégico, tenían que pasar obligatoriamente muchos mercaderes, caravaneros que aprovechaban aquel oasis para descansar y recuperar fuerzas para poder llevar a término sus largos y dilatados periplos. Allí había buenos pastos , abundante vegetación arbórea, entre la que destacaban las estipes datileras, y , por supuesto , fecundos manantiales de agua potable. Los viajeros que a ese paraje llegaban, una vez que conocían al propietario, ese latifundista, escapaban como alma que lleva el diablo, pues parecía una aparición del mismo Mefistófeles.

Un día llegó, un reducido grupo de mercaderes, eran de San Fernando, provincia de Cádiz. Estando los expedicionarios predispuestos para allí pernoctar, al instante, se les presentó un grupo de hombres a caballo, eran miembros de la guardia de aquel señor y venían a realizar el servicio que hacían , cotidianamente, cada vez que a ese descansadero llegaban caminantes o jinetes, cobrarles el portazgo. Los soldados preguntaron por el responsable de los componentes de la comitiva para pedirle, abonaran la tasa del canon establecido por su amo. El jefe de la patrulla le comunicó que había de pagarle en monedas de oro. Al andaluz le pareció excesivo , ya que ellos solamente pernoctarían aquella noche y allí no había siquiera instalación alguna . Dijo que no llevaban dinero, y mucho menos oro, pues en los serones de sus cabalgaduras portaban algo más valioso que el oro. El capitán de la patrulla le pidió que le mostrara el contenido de esa mercancía. Todo era un cargamento de sal.

El militar le dijo: -“ Mi amo no necesita sal, él come todo soso , en la cocina de su palacio no se utiliza ésta. No me engañe, ustedes tienen que tener oro” y, enfurecido mandó a sus subordinados que con sus espadas rompieran todos los sacos. De nada sirvieron las voces de clemencia de los caravaneros; en pocos instantes todo aquella pradería quedó cubierta por el cloruro sódico y los mercaderes fueron llevados presos hasta el palacio. Una vez allí, el amo le pidió que trajera ante él al jefe de ese grupo. Al instante se lo llevaron. Cuando el gaditano estuvo frente a frente ante ese magnate comprendió que era un hombre muy extraño ya que, en su rostro, no aparecía dibujada ni un esbozo de leve sonrisa. Sin poder evitarlo, exclamó:

-“ Vaya tío, que amargao!”

El señor le dijo a los guardias :

-“!llevadle de aquí y torturadle! Entonces dirá donde tiene el oro. Dentro de un rato iré yo personalmente”!

Así lo hicieron arrojándolo junto a los otros en una lóbrega celda, cuando lo conducían por los tortuosos pasillos de aquel fortín, el andaluz le preguntó al centinela:

-“ ¿Es siempre así, vuestro amo?”

A lo que el guardián contestó:

– “ ¡ Siempre!”

A las pocos horas se presentó el señor con sus escoltas y le dijo:

-“ Vamos a ver. Tú, el jefe! No sabes que en mis dominios no quiero sal!”
El de San Fernando le respondió:

-¡” Ya veo, usted no tiene gracia ninguna”!

El despótico tirano contesta:

-“ Mira, sí que me haces daño. Llevo toda la vida buscando quien me proporcione alegría y nadie, ni nada me la da. Ahora, para colmo, vienes tú a meter el dedo en mi sangrante llaga”.

El andaluz le contesta:

-¿ Sabe usted por qué no tiene felicidad? porque ha cerrado las puertas a la sal.”

A lo que el potentado responde:

-“¿Qué dices?”

-“Sí, le prosigue diciendo el viajero, pero tiene que ser nuestra sal” . ¿Ha oído usted hablar de Andalucía?”

-“ ¡No!”, rotundamente confirma ese amo.

-“ Bien, sigue hablando el caravanero, pues allí tenemos lo que a usted le falta, esa gracia, la dicha de vivir felices y, en especial, en nuestra tierra gaditana” “ ¿Sabe por qué?” “ Porque en esa Bahía, esa natural diadema salina, de la que San Fernando es su mejor cristal, se halla la sal de la alegría. Al igual que ese condimento a los alimentos les da sabor, a la vida le proporciona la mayor gracia pero, no hay en el mundo sal que a la de nuestra tierra iguale. Usted las habrá conocido de cualquier otro punto cardinal, pero, como la de la Isla…, ninguna!. Nosotros la llevábamos en nuestros sacos para repartirla por el mundo, para que, en este planeta en que hay tanta infelicidad, ella aporte lo que personas como usted necesitan, alegría , pero aunque viertan la que portan nuestras acémilas, siempre queda la de nuestros pechos.”

A lo que el palaciego amo contesta: -“ Bueno, bueno, por probar, nada pierdo. Vamos hasta donde dejasteis vuestro cargamento”.

Se dirigieron hacia allí y ya, tras superar unas dunas, vieron, con asombro, que aquel verde oasis era todo una brillante pirámide de sal que, con los rayos del sol que incidían sobre ella, brillaban cual rutilante estrella. Estupefactos quedaron unos y otros, al mirar hacia la montaña de sal. El señor gritó:

¡” No veo, no veo, me ciega” Pero, mientras perdía su visión, su rostro fue mutando y, de estar lleno de surcos, arrugas de amargura, se fue tornando en una piel tersa y rejuvenecida. Sus siervos no podían creer el cambio en la cara de su amo. Llegados al salino montículo, al intentar el señor cogerla, no pudo , era todo un bloque. Sus manos solamente estaban acostumbradas a tomar presadas de oro y, la sal de la felicidad se negaba a que sus cristales fueran hechos presos en aquellos agresivos puños. El gaditano, experto en salinas, acercando sus manos abiertas, sin dificultad tomó la sal que quiso, pues ésa solamente desea lustrar y, como los dedos del salinero no eran garras de rapaz, a ellas se adhirió; entonces, cogiendo una presada, la puso en las del señor y, en ese momento, sus ojos volvieron a recobrar la vista, dejaron de estar cegados por la ambición y su boca se abrió, cual bello manantial, en la sonrisa más hermosa que, por aquel entorno se conoció. Riendo, pletórico y satisfecho exclamó: -¡” Gracias a la Isla de la Sal, como llamaremos a este lugar, mi corazón ha cambiado , ya nada cobraremos a quien pase por esta ruta y, en agradecimiento por visitarnos, le obsequiaremos con sal”!

Mirando para el mercader le dijo: -“ No solamente os dejo libres, os ruego que quedéis todos y vos seréis mi mejor consejero”

A lo que el jándalo le contestó: -“ Nosotros tenemos que volver a nuestra Isla. Lo hacemos muy contentos porque gracias, a nuestra sal usted ya no vive en un desierto de amargura. Hemos de proseguir regando por el mundo más alegría y dicha de esa que en nuestro San Fernando, tenemos para dar y tomar, por eso, la sal de la Isla es de la vida su condimento de alegría”.

Dicho esto, emprendieron los mercaderes viaje de vuelta para recoger en su tierra otro nuevo cargamento. La que en el oasis quedó,, toda ella hizo falta para secar las malas hierbas de amargura que allí tenían su dominio. El magnate les deseo buen viaje y que volvieran, pues les esperaban siempre unos amigos, él y su corte que quedaban en su singular isla pero ya , totalmente de dicha. Una vez llegados a San Fernando sus vecinos creían que volvía de nuevo aquel vendedor de sal pero, ni esta ocasión, ni ninguna otra, sabrían que aquel comerciante y sus acompañantes eran unos exportadores de la alegría de Cádiz por todo el mundo, pues esa sal, por mucha que se reparta nunca se acaba y, un chisco de sonrisa es suficiente para hacer al ser humano más feliz que un niño.

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