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Biden no hace los deberes

 

En baloncesto, los minutos de la basura se corresponden con el tiempo final de un partido cuyo desenlace ya está más que decidido. Se llaman así porque, salvo frivolidades cara a la galería, suelen ser aburridos e intrascendentes. Nada que ver con las eternas semanas de la basura que separan el día de las elecciones presidenciales norteamericanas con la toma de posesión del nuevo imperator mundi, sobre todo cuando se va a producir la alternancia entre los dos partidos que se reparten el poder federal en el pseudodemocrático régimen de los Estados Unidos desde, más o menos, la prehistoria.

La despedida de Trump no ha sido una excepción. Convencido como estaba hasta hace varios meses de que iba a seguir en el trono hasta la irrupción de la pandemia, tras la derrota electoral ha pisado el acelerador para complicarle las cosas todo lo posible a su sucesor, dejando una herencia especialmente envenenada y difícil de gestionar. Sin embargo, es justo ahí donde va a ser evaluado en sus 100 primeros días de mandato y va a ser lo que marque el sesgo de toda la legislatura. Claro que después de haber encadenado los dos mandatos de Obama y casi medio siglo de poder, nadie puede llamarse a engaño…

Los medios corporativos de Europa y América se han aprestado a aplaudir algunos de los primeros decretos firmados por Biden tras asentar sus posaderas en el despacho oval, como la vuelta al Tratado de París contra el cambio climático y la reincorporación a la Organización Mundial de la Salud. Dos decisiones más simbólicas que prácticas, entre otras cosas porque Obama (y Biden) ya incumplió sistemáticamente los acuerdos sobre cambio climático de Kioto y porque obligó a redactar el texto del nuevo tratado parisino con verbos condicionales en vez de con imperativos, por lo que acabó, de un plumazo, con el carácter vinculante de las medidas que debían aplicar para convertirlas en poco más que recomendaciones.

Otra de las medidas celebradas es la paralización de las obras del muro fronterizo con México, una iniciativa de la administración Clinton, iniciada en 1994, con los demócratas en el poder, a la que Trump decidió dotar de más impulso pero, sobre todo, de más protagonismo mediático. A pesar de la propaganda y de la promesa de completar en muro en toda la frontera de más de 3.000 kilómetros de longitud, de los cuales ya había realizado antes de su llegada alrededor de 1.000 km, si eliminamos las reparaciones, Trump sólo ha ejecutado 129 kilómetros más, de los que 75 km se corresponden con el tipo de muro sofisticado que prometía. Su promesa estrella se quedó en agua de borrajas, no hay mucho que celebrar.

Otro paquete de medidas firmadas en directo con toda solemnidad han sido las referentes a la inmigración, destacando especialmente la regularización de los dreamers, los hijos de inmigrantes ilegales nacidos en los Estados Unidos. Aunque pueda parecer una medida humanitaria, también es el reflejo de la necesidad de mano de obra barata para que la economía funcione y de las dificultades de expulsión de más de medio millón de personas. No podemos olvidar que bajo la vicepresidencia de Biden, en los gobiernos de Obama, se batieron los récords de deportaciones de inmigrantes que Trump, a pesar de su palabrería ruidosa y políticamente incorrecta, no ha superado si comparamos mandato a mandato.

¿Qué decretos debería haber firmado Biden para que confiásemos en un verdadero cambio de rumbo en la Casa Blanca? Podríamos citar muchas decenas de ellos, pero mencionaremos únicamente a los mas significativos:

• La inclusión de Cuba en la lista de estados que patrocinan el terrorismo en el mundo, que decretó Trump en el tiempo de descuento, no se sostiene bajo un mínimo análisis. Para empezar porque la acusación viene del país que más se ha servido y se sirve del terrorismo para lograr sus intereses, del mismísimo país creador de Al Qaeda y el Daesh o del que tiene un largo historial de atentados terroristas y sabotajes contra la isla caribeña. Por otro lado, porque Cuba está haciendo más por la paz en la región que ningún otro país, gracias sobre todo a su capacidad de mediación e interlocución internacional. Esta medida se enmarca en la cancelación en 2017 de los acuerdos bilaterales alcanzados durante la era Obama, en la congelación de los tímidos avances diplomáticos realizados con los gobiernos demócratas y en la imposición de centenares de nuevas sanciones a la Isla. No haber dado marcha atrás el 20 de enero es un grave error. Es obvio que queda mucha legislatura por delante y existen indicios de revisión de las políticas de Trump, pero, igual que él revocó los acuerdos de Obama nada más llegar al poder, Biden podía haber hecho algo parecido si es que quería mandar un mensaje inequívoco a América Latina de los cambios que están —o no— por venir.

• La Unión Europea ha tenido que rendirse a la evidencia, sobre todo después de las elecciones a la Asamblea Nacional de Venezuela, de que, por mucho que se empeñasen, el esperpento de Guaidó no tiene ningún papel en el futuro del país bolivariano y, si pretenden avanzar en la normalización diplomática y política con el país, deben dejar las ensoñaciones a un lado. La época del autoproclamado ya pasó. Desgraciadamente, no parece que ese sea el camino que Biden vaya a tomar bajo su mandato, todo lo contrario, así lo manifestó su flamante secretario de Estado de EE.UU., Antony Blinken. Como vicepresidente de Obama, formó parte de los gobiernos más agresivos contra la República Bolivariana, que dieron soporte a las sanciones, declarando a Venezuela como una amenaza a la seguridad de Estados Unidos, una sandez a la que se podría dar la vuelta de plano. Más de lo mismo.

• Otro de los acuerdos firmados por Obama y desconocidos por Trump fue el conocido como G5+1 sobre el programa nuclear iraní. Un tratado pergeñado durante un par de lustros que, al fin, arrojó en 2015 una esperanza de paz en Medio Oriente y alejó el fantasma de una guerra regional con consecuencias globales. Trump se retiró unilateralmente en 2018 de él y Biden debería haberlo rescatado de inmediato. Sin embargo, todo indica que va a tratar de meter dentro del texto del mismo al programa de misiles iraní y a su política regional, justo lo mismo que hizo Donald Trump por orden de Israel, que es realmente quien ha dictado la política exterior norteamericana en la región. Aceptar un acuerdo nuclear sobre un programa militar inexistente ya fue un duro trágala para Irán, ceder nuevos espacios de soberanía y dejar al país indefenso, poco menos que imposible e inaceptable. Queda muy poco, un mes escaso, para que Irán de otro paso significativo con la retirada del Protocolo Adicional del Tratado de No Proliferación Nuclear que firmó con la Organización Internacional de Energía Atómica y Biden ya ha perdido su primera gran oportunidad de reconducir el tema levantando las injustas sanciones decretadas contra el país.

• Palestina ha sido un lugar donde las zarpas de Trump más se han dejado notar en este aciago mandato y donde el giro hacia la legalidad y los consensos internacionales deberían ser más rápidos. Hay que ser consciente de que los regalos envenenados del outsider republicano son de difícil reversión, pero más necesarios que nunca. Como mínimo, la embajada de EEUU debería estar ya trasladándose a Tel Aviv; las colonias israelíes deberían ser tratadas como lo que son en el derecho, ilegales y el mayor obstáculo para la paz. También debería haber reconocido que los refugiados palestinos con estatus legal son los que dice la ONU y no los que desea Trump; y que futuras negociaciones no deberían partir jamás de cero —como pide el ente sionista de Israel— sino de las fronteras, consensos internacionales y las resoluciones de la Asamblea y el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas (todo ello siendo consciente de la aberración ilegal cometida por las ONU en 1945 con el plan de partición y con el convencimiento de que Israel no tiene derecho a existir como estado). ¿Alguien espera algo así? Creo que ni siquiera volver a la era Obama es algo esperable bajo la égida de Biden.

• La inclusión hace unos pocos días de los hutíes de Yemen en la lista de organizaciones terroristas, no hace sino complicar un desenlace pacífico a la guerra de agresión lanzada por Arabia Saudí con la ayuda de Estados Unidos e Israel. Este conflicto ha desembocado en las mayor catástrofe humanitaria de nuestro tiempo, que permanece oculta gracias a la inestimable colaboración de los medios de comunicación occidentales, cuya agenda coincide básicamente con la de los reyezuelos camelleros rebanacuellos del Golfo gracias, entre otras cosas a las inversiones (directas o indirectas) que suelen realizar en acciones de los grandes medios de comunicación mundiales y a que son capaces de comprar hasta a la ONU cuando les viene en gana, como declaró desgarrado Ban Ki-moon, su anterior secretario general, eso sí, pocos días antes de abandonar el cargo. De momento Biden deja fluir las políticas de Trump a pesar de que debía haber actuado con la misma presteza de su antecesor.

En fin, al contrario que a los líderes de medio mundo y a la práctica totalidad de la prensa mundial, el cambio de la llegada de Biden a la Casa Blanca sólo me produce escepticismo. Nos quedaremos, pues, con la obligatoriedad del uso de mascarillas contra el covid19 como medida más rompedora…

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