Criar mirando el móvil: niños, pantallas y el ejemplo que damos los adultos

 

Hay una escena que se repite en muchas casas, cafeterías, parques y salas de espera. Un niño intenta contar algo. Un adulto responde “sí, sí, te escucho”, pero sigue mirando el móvil. El niño insiste, sube el tono, toca el brazo, se impacienta. El adulto levanta la vista unos segundos y vuelve a la pantalla. Al rato, quizá ese mismo adulto le dirá al niño que deja ya la tablet, que está demasiado enganchado.

No lo digo para señalar a nadie. Todos, en mayor o menor medida, estamos dentro de esa escena. El móvil se ha convertido en agenda, trabajo, banco, cámara, periódico, conversación, entretenimiento y refugio. Lo llevamos encima todo el día. Nos acompaña en la mesa, en el sofá, en la cama y, a veces, incluso en momentos que antes eran de presencia compartida.

Por eso, cuando hablamos de niños y pantallas, creo que conviene empezar por una pregunta incómoda: ¿qué modelo de atención estamos ofreciendo los adultos?

Durante mucho tiempo hemos hablado de “los niños y las pantallas” como si el problema estuviera solo en ellos. Como si fueran ellos quienes hubieran introducido el móvil en casa. Como si la infancia hubiera decidido vivir acelerada, hiperconectada y con estímulos constantes. Pero los niños no han construido este mundo. Han nacido en él. Y, sobre todo, aprenden a habitarlo observando cómo lo habitamos nosotros.

No podemos pedirles calma desde nuestra prisa permanente. No podemos exigirles que toleren el aburrimiento si nosotros llenamos cada espera mirando notificaciones. No podemos pedirles que escuchen si rara vez nos ven escuchar sin hacer otra cosa al mismo tiempo.

Esto no significa que los adultos tengamos que ser perfectos. Sería injusto y, además, imposible. Muchas madres y padres viven agotados. Trabajan, organizan horarios, responden mensajes, sostienen la casa, cuidan, gestionan colegio, citas médicas, compras, deberes, extraescolares y preocupaciones propias. En ese contexto, el móvil a veces no es solo ocio: también es una herramienta de supervivencia cotidiana.

Pero precisamente por eso merece la pena parar a pensarlo.

Porque la pantalla no solo ocupa tiempo. También ocupa espacio mental. Interrumpe la mirada. Fragmenta la conversación. Hace que estemos físicamente presentes, pero emocionalmente a medias. Y los niños lo notan. A veces no saben explicarlo, pero lo sienten.

En consulta vemos con frecuencia familias preocupadas por el uso que sus hijos hacen de las pantallas. Les inquieta que se enfaden cuando se les retira el móvil, que se irriten al apagar la consola, que no sepan aburrirse, que pidan dibujos para comer o que recurran a la tablet cada vez que aparece una emoción incómoda.

La preocupación es legítima. Pero antes de convertir la pantalla en el enemigo, conviene preguntarse qué función está cumpliendo. A veces entretiene. A veces calma. A veces evita una rabieta. A veces permite al adulto terminar una tarea urgente. A veces tapa una emoción que nadie sabe muy bien cómo acompañar.

Y ahí está una de las claves: muchas veces no estamos ante un problema de tecnología, sino ante un problema de regulación emocional.

Un niño pequeño no nace sabiendo calmarse solo. Necesita adultos que le ayuden a poner nombre a lo que siente, que le presten calma cuando todavía no puede encontrarla dentro, que le enseñen poco a poco a esperar, frustrarse, perder, aburrirse, compartir y parar. Eso se aprende en la relación, no en un sermón.

Cuando ante cualquier incomodidad aparece una pantalla, el niño puede perder oportunidades de practicar algo fundamental: sostener pequeñas dosis de malestar. Esperar en una cola. Aburrirse en un restaurante. Calmarse después de enfadarse. Jugar sin instrucciones. Inventar algo cuando no hay estímulo inmediato.

El aburrimiento, que tanto intentamos evitar, también educa. No siempre es agradable, pero abre espacio a la imaginación, al juego libre y al contacto con uno mismo. Un niño que nunca se aburre no necesariamente está mejor acompañado. A veces simplemente está más distraído.

Con los adolescentes ocurre algo parecido, aunque de forma más compleja. El móvil no es solo una pantalla: es pertenencia, identidad, grupo, comparación, música, intimidad, humor, escaparate y refugio. Para muchos adolescentes, quitar el móvil no se vive solo como retirar un objeto, sino como cortar una parte de su vida social.

Por eso los límites son necesarios, pero no suficientes. Prohibir sin comprender suele generar lucha. Permitir sin orientar suele generar desorden. Entre ambas cosas hay un camino más difícil, pero más útil: acompañar, negociar, observar, poner límites claros y revisar también nuestras propias contradicciones.

Porque los hijos no solo escuchan lo que decimos. Ven lo que hacemos.

Ven si miramos el móvil mientras cenamos. Ven si respondemos mensajes conduciendo o caminando. Ven si nos cuesta dejar el teléfono en otra habitación. Ven si estamos inquietos cuando no hay cobertura. Ven si usamos la pantalla para no sentir, no hablar o no parar.

Y no lo ven desde el juicio moral. Lo ven como aprendizaje.

Quizá por eso, antes de preguntarnos cuánto tiempo de pantalla deberían tener nuestros hijos, podríamos preguntarnos qué momentos de presencia real estamos protegiendo en casa. No hace falta que sean grandes planes. Puede ser una cena sin móviles. Diez minutos de juego sin interrupciones. Un paseo corto. Leer juntos. Escuchar lo que ha pasado en el colegio sin corregir inmediatamente. Mirar a los ojos cuando nos hablan.

La infancia no necesita adultos perfectos. Necesita adultos disponibles. Adultos que se equivoquen, sí, pero que puedan reparar. Que un día miren demasiado el móvil, pero al siguiente digan: “perdona, antes no te estaba escuchando bien”. Esa frase, tan sencilla, también educa.

Creo que el debate sobre niños y pantallas no debería reducirse a contar minutos. Los minutos importan, por supuesto. Pero también importa qué lugar ocupa la pantalla en la vida familiar. Si desplaza el sueño, el juego, la conversación, el movimiento, la lectura, el aburrimiento o el vínculo, entonces conviene revisar algo.

Y revisar no significa culparse. Significa tomar conciencia.

Estamos criando en una época rápida, exigente y llena de estímulos. No podemos educar como si los móviles no existieran. Pero tampoco deberíamos rendirnos a que ocupen todos los espacios.

A veces, el primer cambio no es quitarle una pantalla a un niño. Es recuperar una mirada adulta. Estar un poco más presentes. Tolerar nosotros también un poco más de silencio. Dejar el móvil boca abajo. Escuchar una historia que parece pequeña, pero para ellos no lo es.

Porque, al final, la regulación emocional no empieza cuando un niño aprende a calmarse solo. Empieza mucho antes, cuando alguien le enseña, con su presencia, que no todo malestar necesita ser tapado de inmediato.

Y quizá esa sea una de las tareas más importantes de criar hoy: enseñar a nuestros hijos a vivir en un mundo con pantallas sin que las pantallas sustituyan lo más humano que tenemos.

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