EN ROJO Y NEGRO

Las Malvinas, una vergonzosa usurpación histórica

 

Convendría que en Gibraltar las autoridades vayan asumiendo los nuevos roles que la colonia debe ir adoptando, si de verdad están por recorrer la senda de búsqueda de nuevos horizontes que resuelvan una situación que debe superarse, pero no imponerse.

En estos días dos asuntos se encabalgan: por un lado, el Sr. Picardo con su pretensión de contactar con la ONU en aras a modificar el actual estatus internacional de la colonia británica. Por otro, se publicita en medios gibraltareños: “Gibraltar iza la bandera de las Falklands para conmemorar el fin de la guerra de las Malvinas”.

La historia es difícil de enmascarar, por más que le interese a quienes no les gusta su relato. Inglaterra, como potencia hegemónica en el siglo XIX, hizo barbaridades. Al igual que las distintas potencias en todos los tiempos las han hecho: Roma, con todo el enorme legado cultural para Occidente, masacró sin piedad a pueblos enteros. La España imperial, con su inmensa aportación al Nuevo Mundo, también hizo lo propio. Francia, cuando pudo; Bélgica y Alemania, en sus respectivos territorios africanos… No obstante, a estas alturas celebrar el robo de las Malvinas a la naciente Argentina, o el de Gibraltar mediante la imposición de un tratado vergonzoso a una debilitada España, no debe generar orgullo alguno en personas de bien, sean de donde sean.

La situación de Gibraltar es especialmente delicada. Algunas personas, bastante interesadas en mantener el poder en un “paraíso” a su medida, están convencidas de que el escenario de una Gibraltar independiente llegará más temprano que tarde. Si eso pretenden, convendría que no exasperaran a quienes desean avanzar hacia soluciones de futuro, donde el pasado se quede en eso: “pasado”. Por ello, arengar con soflamas patrióticas belicistas no parece un camino inteligente, ya que si se enarbola la bandera de la historia, esta deja muy mal parada a la madrina Inglaterra e impide que los nuevos tiempos se observen con sosiego y mesura.

¿A qué viene tanta diligente gestión del Sr. Picardo sobre la soberanía de Gibraltar, cuando el tratado ha evitado entrar en contenciosos ineludibles como son la propiedad totalmente española del istmo —aeropuerto incluido— y las aguas territoriales, nunca cedidas? ¿A qué viene la izada de la ignominiosa bandera de potencia ocupante colonial en las Malvinas? ¿Qué hay que celebrar en este 2026 de la muerte de 649 militares argentinos, 255 militares británicos y 3 civiles de las islas?

¿Qué gloria cabe en la derrota de militares argentinos en su suelo patrio a manos de una enorme flota invasora inglesa, apoyada logística e intelectualmente por Estados Unidos?

Recordar un robo siempre enoja a las víctimas, y lo que ocurrió en las islas Malvinas fue simplemente eso: un robo. Desde mediados del siglo XVIII las Malvinas pertenecían a la corona española, a través del virreinato del Río de la Plata. Tras la independencia de Argentina de España en la década de los años veinte del siglo XIX, el 3 de enero de 1833 las Malvinas fueron ocupadas por la corbeta Clio de la Royal Navy, denominándolas Gran Bretaña a partir de ese momento islas Falklands. Argentina nunca ha renunciado a la soberanía sobre esas islas, que ocupan una posición estratégica: siendo muy pequeñas, gracias a los tratados internacionales pueden ejercer un dominio sobre una amplia zona del océano y del polo sur. Eso explica que Gran Bretaña mantenga en las islas un fuerte contingente militar.

Si las gentes de Gibraltar y el resto del territorio peninsular desean convivir en armonía, mejor ir evitando alardes “imperialistas” que enrarecen las relaciones. ¿Cómo fiarse de quien se alegra de los robos? Asumamos que la historia ha sido la que es y miremos juntos hacia la que está por escribir entre todas las personas de bien.

Dejen tranquilas las aguas de las “soberanías”, porque a más de una persona le suena a “soberbia”, más aún cuando Gran Bretaña mira cada vez más hacia una Unión Europea que, sin duda, precisa de sumar voluntades.

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