Esperamos las vacaciones durante meses. Miramos el calendario, contamos los días y fantaseamos con ese momento en el que por fin podremos apagar el despertador, olvidarnos de los horarios y hacer lo que nos apetezca.
Los primeros días suelen sentirse bien. Dormimos algo más, dejamos tareas pendientes, reducimos el ritmo y disfrutamos de no tener que correr de un sitio a otro. El cuerpo agradece la pausa y la mente parece relajarse.
Pero, para algunas personas, esa tranquilidad dura poco.
Después de dos o tres días comienza a aparecer una sensación difícil de explicar. Hay tiempo libre, pero no se sabe muy bien qué hacer con él. Las horas parecen más largas. Cuesta decidir si salir, quedarse en casa, organizar algún plan o simplemente descansar. Y lo que inicialmente se vivía como libertad empieza a sentirse como una especie de vacío.
Entonces aparece una pregunta incómoda:
“¿Por qué estoy agobiado si estoy de vacaciones?”
Cuando la rutina desaparece
La rutina tiene mala fama. Solemos relacionarla con monotonía, obligaciones y falta de espontaneidad. Sin embargo, también cumple una función psicológica importante.
Saber aproximadamente a qué hora nos levantamos, qué tareas tenemos por delante y cómo se organiza nuestro día reduce la cantidad de decisiones que debemos tomar. La rutina nos proporciona estructura, orientación y una cierta sensación de continuidad.
Incluso cuando nos quejamos de ella, sabemos qué viene después.
Al comenzar las vacaciones, gran parte de esa estructura desaparece de repente. Ya no existe la obligación de levantarse a una hora concreta, acudir al trabajo, llevar a los niños al colegio o resolver las tareas habituales. En teoría, esto debería sentirse como una liberación.
Sin embargo, pasar de una agenda llena a un día completamente abierto puede resultar desconcertante.
La libertad también exige decidir. Y decidir constantemente qué hacer con nuestro tiempo puede generar más tensión de la que imaginamos.
¿Me levanto temprano o aprovecho para dormir?
¿Organizo algo o descanso?
¿Debería salir más?
¿Estoy desperdiciando el día?
¿No tendría que estar haciendo algo especial?
Cuando todas las opciones parecen posibles, ninguna termina de resultar del todo satisfactoria.
Los primeros días de descanso no siempre revelan cómo estamos
Durante los primeros días de vacaciones, muchas personas funcionan todavía con la inercia de los meses anteriores. El cuerpo se detiene, pero la mente continúa acelerada.
Puede costar dormir a pesar de no tener que madrugar. Algunas personas siguen revisando el teléfono, pensando en el trabajo o recordando asuntos pendientes. Otras llenan los primeros días de tareas domésticas, compras, gestiones y compromisos que habían ido posponiendo.
Todavía existe una dirección clara: recuperarse del cansancio y ponerse al día.
El problema puede aparecer cuando esas tareas se terminan y el organismo empieza realmente a bajar el ritmo.
En ese momento se hacen más visibles pensamientos y emociones que la actividad cotidiana mantenía en segundo plano. La persona descubre que no sabe estar quieta, que se siente culpable cuando no está produciendo o que necesita tener siempre una tarea para sentirse útil.
No es que las vacaciones estén provocando necesariamente el malestar. A veces simplemente dejan de ocultarlo.
La presión por aprovechar cada día
A la falta de rutina se suma la idea de que las vacaciones deben aprovecharse.
No basta con no trabajar. Parece que tenemos que viajar, hacer planes, conocer lugares, quedar con personas, ordenar la casa, practicar deporte, leer varios libros y regresar con historias interesantes que contar.
Incluso descansar puede convertirse en una tarea que tenemos que realizar correctamente.
Una mañana tranquila puede empezar a sentirse como una mañana desperdiciada. Un día sin planes puede producir culpa. Y si vemos en las redes
sociales las vacaciones de otras personas, es fácil pensar que todo el mundo está haciendo algo más especial que nosotros.
En ese contexto, la pregunta deja de ser “¿qué me apetece hacer hoy?” y se convierte en “¿qué debería estar haciendo para no desperdiciar mis vacaciones?”.
La diferencia parece pequeña, pero psicológicamente es importante.
La primera pregunta permite escuchar nuestras necesidades. La segunda nos sitúa bajo examen.
Personas que solo saben funcionar con obligaciones
Hay personas que se sienten cómodas cuando tienen responsabilidades claras. Trabajan bien con horarios, objetivos y tareas concretas. Saben responder a lo urgente, organizarse y cumplir con lo que los demás esperan de ellas.
Sin embargo, cuando desaparecen las obligaciones, pueden sentirse perdidas.
No porque sean incapaces de disfrutar, sino porque han aprendido a organizar su vida alrededor de lo que deben hacer, no de lo que desean hacer.
Durante el año, quizá nunca tienen que preguntarse qué necesitan. La agenda responde por ellas. Hay que trabajar, comprar, limpiar, cuidar, conducir, contestar mensajes y resolver problemas.
En vacaciones aparece un espacio diferente. Y elegir qué hacer con ese espacio requiere conocerse.
¿Qué me divierte realmente?
¿Qué actividades me hacen sentir bien?
¿Necesito compañía o un poco de soledad?
¿Quiero salir o estoy intentando salir porque pienso que debería hacerlo?
¿Sé descansar sin sentir que estoy perdiendo el tiempo?
No siempre tenemos una respuesta inmediata. Y eso puede generar inquietud.
El aburrimiento no es siempre un problema
En nuestra vida cotidiana quedan pocos espacios sin estímulos. Cuando esperamos, sacamos el teléfono. Cuando comemos, vemos una pantalla. Cuando caminamos, escuchamos algo. Cuando estamos solos, buscamos rápidamente una conversación, una serie o una tarea.
Por eso, al llegar las vacaciones, el aburrimiento puede sentirse casi como una amenaza.
Sin embargo, no todo aburrimiento necesita resolverse de inmediato.
A veces es simplemente el periodo de transición entre un ritmo muy exigente y otro más tranquilo. El cerebro todavía está acostumbrado a recibir instrucciones, estímulos y pequeñas urgencias. Necesita tiempo para adaptarse a un día con menos contenido.
Si llenamos inmediatamente cada espacio libre, quizá no lleguemos a descubrir qué nos apetece hacer cuando dejamos de actuar por obligación.
El aburrimiento también puede favorecer la curiosidad, la creatividad y el contacto con necesidades que normalmente ignoramos. El problema no es sentirlo, sino interpretar que significa que algo va mal.
Descansar no significa permanecer inmóvil
También conviene recordar que no todas las personas descansan de la misma manera.
Algunas necesitan dormir más y reducir al mínimo sus actividades. Otras recuperan energía caminando, cocinando, haciendo pequeñas excursiones, visitando a alguien o dedicándose a un proyecto personal.
Descansar no consiste necesariamente en no hacer nada. Consiste en reducir durante un tiempo las exigencias que nos mantienen en tensión.
Una actividad puede requerir esfuerzo y, aun así, ser reparadora si la elegimos libremente y nos conecta con algo valioso. Del mismo modo, permanecer todo el día en el sofá no siempre proporciona descanso si estamos inquietos, mirando el reloj y reprochándonos no estar haciendo algo mejor.
La cuestión no es cuánto hacemos, sino desde dónde lo hacemos.
Crear una rutina flexible durante las vacaciones
Las vacaciones no tienen por qué estar completamente organizadas, pero tampoco es obligatorio eliminar cualquier estructura.
A algunas personas les ayuda mantener unas pocas referencias diarias: levantarse dentro de una franja razonable, salir de casa al menos una vez, reservar un momento para moverse, comer aproximadamente a la misma hora o decidir con antelación una actividad sencilla.
No se trata de convertir las vacaciones en otra agenda rígida. Se trata de crear una estructura lo bastante flexible como para orientarnos sin volver a sentirnos atrapados.
Podemos pensar el día en tres partes: una pequeña responsabilidad, una actividad agradable y un periodo sin planificar.
La responsabilidad podría ser hacer una compra o resolver una gestión pendiente. La actividad agradable, pasear, leer, cocinar, bañarse o ver a alguien. Y el tiempo no planificado permite que exista espontaneidad sin que todo el día se convierta en un espacio indefinido.
Para algunas personas, esta combinación reduce mucho la sensación de vacío.
Aprender a no producir
Una de las dificultades más profundas que pueden aparecer durante las vacaciones es la sensación de no valer cuando no estamos produciendo.
Si durante mucho tiempo hemos recibido reconocimiento por nuestro trabajo, nuestra eficacia o nuestra capacidad para resolver problemas, detenernos puede resultar incómodo. Sin tareas, quizá no sabemos bien quiénes somos.
Entonces buscamos nuevas obligaciones: ordenar toda la casa, contestar correos, adelantar trabajo, iniciar proyectos o llenar cada día de actividades útiles.
No siempre hacemos estas cosas porque nos apetezcan. A veces las hacemos porque la productividad nos protege de sentir culpa, incertidumbre o vacío.
Aprender a descansar implica aceptar que nuestro valor no depende de estar constantemente ocupados.
No tenemos que justificar cada hora del día.
Una tarde tranquila no necesita producir ningún resultado. Una conversación, una siesta o un paseo sin destino no tienen que servir para mejorar nuestra salud, aumentar nuestra creatividad ni prepararnos para rendir más después.
También podemos hacer algo simplemente porque nos hace bien en ese momento.
Las vacaciones no tienen que ser extraordinarias
Quizá parte del problema está en esperar que las vacaciones sean radicalmente distintas de la vida normal.
Queremos sentirnos descansados, felices, conectados y libres de preocupaciones. Pero seguimos llevando con nosotros nuestra personalidad, nuestras relaciones, nuestros miedos y nuestras formas habituales de pensar.
Las vacaciones no tienen por qué transformarnos.
Pueden ser simplemente unos días con menos obligaciones. Algunos serán agradables, otros aburridos y alguno quizá especialmente difícil. No es necesario convertirlos en una experiencia memorable para que hayan merecido la pena.
Tampoco hay que sentirse mal por necesitar cierta rutina.
Hay personas que disfrutan de la improvisación absoluta y otras que se encuentran mejor cuando conservan algunos horarios. Ninguna forma es psicológicamente superior.
Lo importante es observar qué nos ayuda a sentirnos orientados sin llenar de nuevo cada espacio con exigencias.
Una pregunta más sencilla
Cuando aparezca la presión por aprovechar las vacaciones, quizá podamos sustituir la pregunta “¿qué debería estar haciendo?” por otra más amable:
“¿Qué necesito hoy?”
Puede que la respuesta sea salir, llamar a alguien, descansar, ordenar una habitación, cocinar algo, caminar sin rumbo o no tomar ninguna decisión durante unas horas.
No siempre necesitamos un gran plan. A veces necesitamos permiso para vivir un día normal aunque estemos de vacaciones.
Porque descansar no consiste en hacer perfectamente aquello que se supone que hacemos durante nuestro tiempo libre.
Descansar también es dejar de examinarnos.
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