Hay tragedias que no deberían tener bandera. Ni color político. Ni ideología. Solo nombre, edad y una familia rota para siempre.
Lo ocurrido en Ceuta es una de esas heridas que tardarán mucho tiempo en cerrarse. Decenas de jóvenes han perdido la vida intentando alcanzar una orilla que les prometieron como el comienzo de una vida mejor. Muchos eran apenas unos niños. Otros acababan de dejar atrás la adolescencia. Todos compartían la misma mochila: la desesperación y la esperanza.
Alguien les hizo creer que el mar era un puente cuando, en realidad, era una tumba.
Los engañaron con rumores, con bulos, con falsas promesas, con la idea de que al otro lado encontrarían un futuro. Y cuando comprendieron que no era así, muchos ya estaban luchando por respirar entre las olas.
Mientras unos discuten de política, otros buscan el cuerpo de un hijo. Mientras unos convierten el dolor en un argumento, hay madres que nunca volverán a abrazar a quienes vieron marcharse con la ilusión de cambiar su destino. Nada de eso debería dejarnos indiferentes.
No hace falta estar de acuerdo en cómo gestionar una frontera para entender que ninguna vida merece acabar flotando en el mar. Tampoco hace falta compartir las decisiones de quienes emprendieron ese viaje para sentir compasión por su final.
Porque cuando la pobreza, la desesperación y la mentira se dan la mano, las víctimas siempre son los más vulnerables.
Ceuta ha visto demasiado estos días. Ha visto el miedo de quienes viven allí. Ha visto el esfuerzo de quienes han intentado salvar vidas. Ha visto a jóvenes correr, llorar, esconderse… y también ha visto demasiados cuerpos sin futuro.
Y, como ocurre demasiadas veces, no han faltado quienes han intentado sacar provecho del sufrimiento ajeno. Hay quienes han utilizado esta tragedia para alimentar el miedo, sembrar el caos y convertir el dolor en un arma política con la esperanza de ganar apoyos. Cuando las familias lloraban a sus hijos y la ciudad trataba de sobreponerse al horror, algunos eligieron enfrentar a unos contra otros en lugar de buscar soluciones.
Pero Ceuta ha demostrado también otra cosa. Ha demostrado que su gente conoce su tierra mejor que nadie. Que sabe distinguir entre quien llega para ayudar y quien llega para aprovecharse de una desgracia. Muchos ceutíes no se dejaron arrastrar por los discursos que buscaban dividir a la población ni por quienes pretendían convertir una tragedia humana en un espectáculo político. Respondieron con dignidad, y el rechazo ciudadano fue tan evidente que algunos de quienes acudieron a agitar el conflicto tuvieron que abandonar la ciudad escoltados.
Porque las fronteras pueden protegerse. Las leyes pueden aplicarse. Pero ninguna causa, ninguna estrategia y ningún interés justifican que tantos muchachos terminen pagando con su vida el precio de un engaño.
Y cuando pase el ruido de los titulares, cuando las cámaras se marchen y el mundo mire hacia otro lado, seguirá quedando una pregunta que pesa más que todas las demás:
¿Cuántos jóvenes más tendrán que morir para que entendamos que la mentira también mata?
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