la champion league de mi pueblo

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Manuel Ramírez Tocón

La mejor liga del mundo no es copyright de multinacionales u organizaciones de dudosa ética deportiva. Su fundación fue mucho anterior a las vallas publicitarias de los campos de fútbol que nos invitan a inflarnos de comida basura y beber cerveza mientras practicamos deporte. La mejor liga del mundo se celebraba en mi pueblo, que a la postre era nuestro mundo, allá por los años setenta; los años de una generación que creció al ritmo de campanario, tertulias en las puertas de las casas y sillas de tijeras palomitas y altramuces.

No había mas, solo mucha distancia con todo lo que hoy tenemos a mano.

 

Nuestro equipo era: “Los Arcos”. No me preguntéis el origen del nombre pues no tengo ni idea. Quizás por ser el equipo de los que vivíamos en el centro no tuvimos la suerte de imprimir en nuestra entidad el nombre de una de las pocas barriadas que existían en Los Barrios.

Nuestra particular Champión no tenía limitaciones en el tiempo. Lo mismo jugábamos en otoño que librábamos un partido bajo el sol de Julio. Cada equipo tenía su feudo particular y la adaptación a ellos no era, como hoy, salvar el largo o el riego de un césped, se trataba de limpiar de piedras tu terreno y sobre todo el espacio cercano a una portería donde, en la mayoría de los casos, nos ofrecía la salida de los porteros con las rodillas sangrantes.

El Llano, La Vega, El Cisco, La Caseta…eran de los campos de equipos como: Los Bloques, El Palmarillo, El Cisco, Calle Ancha, Los Arcos… equipos con indumentarias multicolor. La única ocasión donde jugábamos con igualdad de equitación era en primavera ya que todos jugábamos sin camisetas. La propiedad del balón influía de sobremanera en el resultado ya que si el marcador se antojaba imposible de superar por los “locales”, siempre había un jugador que gritaba: “dame el balón que es mio” y salía corriendo con él bajo el brazo dando por terminado el partido.

 

La vuelta a la casa aveces se complicaba. Si el flair play no se practicaba, había que poner tierra de por medio donde la integridad del visitante dependía de la puntería de los locales que se empeñaban, en ese momento, en limpiar de guijarros su terreno de juego.

 

Si señores, yo jugué en la Champions. Sinceramente no pasé a engrosar los recordados en el tiempo por sus habilidades en el terreno de juego, de hecho he visto muchos partidos como recoge pelotas. Pero créanme, a todo se le saca partido y mientras los virtuosos golpeaban la badana entre matojos, piedras, charcos y hoyos, yo me dedicaba a contemplar un pueblo que poco a poco despertaba al ritmo que la generación del yogur se instruía gracias a una invasión caballa de maestros y alferes de complemento que al poco nos instalaron porterías en el colegio lo que dejó en el recuerdo de un pueblo El Llano, La Vega, La Caseta y los trofeos que comprábamos en “lo de Mario” para las finales.

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