DESDE MI ALDEA

La chicotá del silencio

 

Calles vacías, sin bullicios, limpias de cera y de pies descalzos. Alcanfor centinela de capirotes y túnicas. Balcones púrpuras sin pétalos ni saetas… Semana Santa de la chicotá del silencio.

Mientras la sangre infectada recorre las venas de un pueblo indefenso, cuando la piel se nos eriza por los sentimientos inmunes de amor y desconsuelo, en el momento que nos sumergimos en los recuerdos de tiempos mejores, entonces, solo entonces, nos damos cuenta de lo frágiles que somos y de lo poco que nos separa de aquellas escrituras que narran profecías y mandamientos de quien pagó, con su vida, guiarnos por los difíciles senderos del respeto y la pasión.

Otro año sin chirriar del portón entre lo divino y lo humano, otra estación sin incienso ni cornetas, otra madrugá sin lágrimas que mojen el alma. Así estarán nuestras calles en los días santos, bajo las estrellas, sin candelerías que iluminen el rostro de un pueblo fervoroso, sin alamares plateados, sin bambalinas bailando al compás de la brisa, sin fajas, ni cíngulos, ni mantillas.

Hazte oír capataz, usa el llamador de sueños y convoca a tu pueblo, a tu gente. Llama a vigilia de gloria a la venerable hermandad de tus paisanos. Llena las trabajaderas de hombros devotos, de promesas y de sentir cofrade. Levanta los hachones y lanza al aire el manto del simpecado de la que nos dio la vida. Hazte oír capataz y llena nuestras calles de esperanza y del consuelo de un pueblo sencillo y hospitalario que sabe albergar la promesa de aquel que pronto volverá a pasear por calles y plazas como lo hacía antaño por el camino del Calvario.

Velas vestidas de papel de plata, rezos al ritmo de golpes de horquillas, hábitos planchados con agua de azahar y píes sangrantes por donde se evaden las penas y los dolores de corazones partidos. Promesas que inundaban nuestras calles y que hoy, en esta chicotá del silencio, buscan consuelo sobre las frías lozas del templo que da cobijo a quien seguiste tantas noches, tantos años, por un amor inquebrantable al que juraste no poner fin en el tiempo.

Eleva la batuta director, partituras pinzadas, boquillas y baquetas dispuestas; que suene la marcha en la madrugada, que suene la saeta y la salve. Música que llega al alma y aporta la banda sonora a los recuerdos de nuestras salidas procesionales. Con Amargura comenzamos la marcha mientras los Campanilleros anuncian el Rocío de una Madrugá llena de Saeta para saludar al Dulce nombre de María. Gran trabajo el de nuestra Asociación que lleva por bandera el nombre del Maestro Don Tomás Infantes al que tanto le debemos.

Y toca la hora de recogida, que se abran de nuevo el portón del templo, que suenen los acordes del himno que nos une y dejemos descansar, en nuestros corazones, a las divinidades de nuestros sueños.

Chicotá del silencio de un pueblo paciente y fervoroso.

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