La tentación de lavarse las manos

 

Pascal Bruckner, filósofo, ensayista y novelista francés (1948) acuñó en una de sus obras el término “la tentación de la inocencia”, para describir una tendencia en nuestro mundo actual, la de lavarse las manos y escapar de las consecuencias de nuestros propios actos.
Esta disposición de lavarse las manos y, con ellas, la conciencia, pretendiendo no ser responsables de nada, quedando así difuminada nuestra responsabilidad, es una de las actitudes que definen a nuestra sociedad contemporánea. Una capacidad asombrosa que nos convierte en víctimas y nos declara inocentes siempre y ante todo. Con este criterio de vida, cualquier argumento es bueno si consigue dispensarnos de decir: “la culpa es nuestra”.

La política, por ejemplo, es un buen y fiel reflejo de este tipo de dinámicas. Ante un caso de corrupción, ante una decisión errónea, ante una crisis sea del tipo que sea, siempre buscan culpables fuera. La culpa es de la oposición, del Sistema, de los otros, o de personas concretas sin vinculación con el partido de turno. La política es experta en ese arte del lavado de manos. Pero esta realidad la podemos encontrar también en el ámbito educativo cuando algún alumno es amonestado por un comportamiento inadecuado y el responsable de dicha sanción o el director del centro, se ve asediado por unos padres que vienen a interceder por su santo hijo. “Es sólo un muchacho”. De golpe se les intenta descargar del peso de una decisión, queriendo mostrarlos aún como frágiles e inconscientes. Creo que campa por nuestro mundo un espíritu de sobreprotección que considera que no hay que exigir demasiado a los menores, no vaya a ser que terminen traumatizándose, o peor aún, rebelándose ante la autoridad de los adultos.

Si durante toda la vida se ha tenido a alguien a quien culpar por lo que no sale bien, alguien en quien descargar las consecuencias ¿quién es entonces el culpable? El lavado de manos sigue siendo el punto fuerte, el oficio y, a la vez, la fragilidad de esta sociedad en la que nos ha tocado vivir.

Amigos y amigas, para adquirir la responsabilidad, para asumir las consecuencias de nuestros actos, hace falta educar en ello. Ojalá crezcamos todos en ese otro arte que nos hace garantes de nuestros actos para poder forjar una sociedad menos frágil y, sobre todo, más auténtica. Un abrazo a todos. Ánimo y adelante.

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