Mi queridísima y bonita Chanilla


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Hace unos días abrí una antigua lata litografiada, oxidada y con alguna abolladura de bonbons fins soleil de más de cien años. Dentro de la caja aparecieron unos sobres pequeños franqueados junto a estampas religiosas, recibos de contribución y alguna esquela mortuoria. Estaban abiertos por el lateral y en su interior se guardaban unas cuartillas escritas dobladas por los bordes con una letra que reflejaba una perfectísima caligrafía. Ni destinataria ni remitente me resultaban conocidos. Me pudo la curiosidad y leí las cartas.

“Te quiero como nunca he querido a nadie y como nunca también creí que se podía querer” es el inicio de una de ellas y, parecido a como comenzaban todas las demás. Estaba claro que tenía que indagar sobre quién fue la srta. Chanita Muñoz y por qué mi tía María Antonia Chamorro conservaba estas cartas entre todos los papeles que me trajo antes de fallecer. Solo por el nombre de Chanita o Chanilla podía tener ya interés esta historia porque si bien, hace años, llamarse Sebastián o Sebastiana y cambiar el nombre real por Chan o Chana era frecuente en la zona, en la actualidad, son nombres en desuso.

“Tu querido Manolo” puede ser una despedida más cercana en el tiempo. Claro que si juntamos dedicatoria y despedida cuadran perfectamente con el año 1959 que figura en las cartas. La dirección de destino es Parroquia, en Los Barrios, Cádiz. Fueron enviadas desde la calle Aurora de La Línea de la Concepción.

Se trataba de dos jóvenes que se habían conocido, se veían los domingos y mantenían entre semana una correspondencia de añoranza y cariño, aunque vivían a unos escasos veinte kilómetros.

No hay nada mejor para resolver incógnitas como estas que la red oral de la vida cotidiana entre nuestras personas más mayores. Y así lo hice. Consulté a mi madre, Ángeles Núñez, y me dijo que recordaba que Chanita era la sobrina del padre Natera. Vi de inmediato la posibilidad de saber cómo acabaron en la lata las cartas de amor que tanto me habían fascinado.

Teresita Ruíz, amiga de mi familia, me confirmó que Chanita fue amiga de Pepi Ortega, cuyos padres tuvieron la antigua carnicería de la calle Rosario. Yo sabía que algunos novios de esa época venían a visitar a María Antonia porque a ella no le gustaba que fueran de quicio en quicio y en el banco de madera para dos personas que había en el salón de su casa se sentaban algunas parejas amigas a pelar la pava. Esto consistía en hablarse privadamente aprovechando algún minuto para cogerse la mano o darse algún beso rápido. El hecho de que se despidiese en las cartas dando recuerdos a María Antonia me hacía pensar que algo así debía ocurrir. Felipe Salazar, quien diseña ramos de flores como nadie, me dio el número de teléfono de Pepi y así, pude hablar con alguien que tal vez me ayudaría a encontrar a Chanita.

Mi alegría fue saber que vivía. La pregunta más imprescindible era la que me llevaría a conocer el nombre de su marido. Cuando supe que se llamaba Manolo me emocioné. Pocas veces las historias se amoldan como piezas de puzle y, mucho menos, cuando lees sueños de unos jóvenes de 1959 y confirmas que, al menos, los de quererse, casarse y vivir juntos los habían cumplido. Esos años casi siempre los relaciono con desastres, infortunios, malestares, despedidas y lutos que tragedian el pasado sin entusiasmo alguno y mira tú por dónde habíamos conseguido, desde unas cartas, conocer inicios de vida desde el amor.

Así me apareció un nombre con rostro, de una persona querida, que de joven vivió en la parroquia de Los Barrios, conocida como la sobrina del sacerdote que estuvo ahí destinado desde 1943 hasta el 1964. Tenía un hermano, Paco, que falleció hace unos años. Su madre se llamaba María y su padre Alfonso, trabajador de la fábrica de papel Celupal en Algeciras. María era prima hermana del cura y tenía una hermana, Paca y un hermano Juan que también vivían con ellos además de Conchita, una mujer amable y atenta. A la casa se entraba por la parte trasera de la iglesia, a modo de casapuerta. Allí, Manolo despedía a Chanita o la esperaba y andaban por la calle de La Plata o iban al salón de María Antonia o veían pasear a los demás sentados en un banco.

He sabido también de los momentos infantiles de Pepi y Chanita, jugando por la sacristía o allí mismo, interpretando teatrillos que a todos entusiasmaban por el santo del Padre Natera, que él celebraba en el día de Santiago. Algunos se representaron en la casa de los Urrutia de la Plaza de la Iglesia, porque Teresita Urrutia animaba a hacerlo allí. Fueron juntas al colegio de las monjas del Rebaño de María que estaba en la calle Santísima Trinidad, junto a la iglesia, a cuatro puertas de la antigua escuela del Padre Real. Por entonces, la educación era segregada por lo que ellas iban a la de las niñas con un horario de nueve a doce por la mañana y de dos a cinco, por la tarde. De los uniformes era difícil mantener blancos los cuellos, los calcetines y los babis de clase. Todo lo demás era negro. En el invierno algunas niñas llevaban una capa también negra, aunque no todas podían. Las maestras eran sor Ascensión y sor Luisa. La superiora se llamaba sor Esperanza. Con los años, la escuela se trasladó a otro edificio en la también próxima calle de la Reina, muy cerca de la de niños donde impartía clase José Domínguez, más conocido por el Pincho Maera. Contaba D. José, con mucha asistencia desde por la mañana. De noche, se abría la escuela para adultos, aunque las autoridades acabaron cerrándola. Entonces, el Padre Natera intervino y se reabrió. Algunos recuerdan de él, además de su trabajo incansable de muchas horas diarias, los muchos alumnos y no cobrar a quien no podía; algunos castigos físicos como los tirones de las patillas y los reglazos en los dedos para mantener el orden. Por entonces, la escolarización era obligatoria de los seis a los doce años. Lo prioritario no eran las materias científicas, sino el catolicismo, la formación del espíritu nacional y la enseñanza de la lengua española.

El grupo de amigas estaba formado por Chanita, Pepi Pérez y además por Nena Paine, Maruchi Álvarez, Milagros Barroso, Victoria Salazar y Mari Domínguez. Cuando se trasladó la escuela, en el patio del edificio antiguo que también se convirtió en cine, jugaban juntas al baloncesto. María Vargas, vecina que después abrió una miga o guardería, les daba clase de corte y bordado a la máquina. Estas actividades estaban organizadas por la Sección Femenina de Falange, con el objetivo de convertir a la mujer en símbolo del hogar y la familia con un definido modelo doméstico.

El cura párroco Cristóbal Natera Araujo nació en San Fernando. Al ser destinado a Los Barrios vivió, en un principio, cerca de la Plaza de la Iglesia, en la conocida como la casa del electricista Ramírez. Posteriormente se trasladó a la vivienda de la parroquia con toda la familia. Su balcón se mantiene sobre la puerta actual de la sacristía. En la actualidad, son dependencias utilizadas para catequización. El padre Natera había pasado los años de seminario en la posguerra en Cádiz. Para ser cura se estudiaban las asignaturas de retórica, filosofía, teología y latín entre legumbres para comer cuando se podía y esperando paquetes de familiares. En aquellos años los curas se ordenaban con la misión de conservar y legitimar el nuevo orden sociopolítico. Habían sido niños en la guerra. De esos años, del seminario en Cádiz, se recuerda a los seminaristas por las calles siempre con la sotana puesta. Luego llegaría a Los Barrios con entusiasmo y con el sombrero de teja de ala corta y copa baja. Tomás Infante, director de la Banda de Música, recuerda cómo en una ocasión, con la traca que recorría toda la calle de la Plata, a las dos de la madrugada el día de la finalización de la feria, uno de los petardos cayó justo en el sombrero del cura y se le quemó. Todos los presentes se arremolinaron para apagar el fuego. Eran presagios de que vendrían tiempos de cambios y de adaptarse al Concilio Vaticano II aunque eso sería más tarde y él, por el momento, se mantuvo con sus largos sermones y férreas costumbres de la época como el control del velo para cubrirse la cabeza y las medias en las piernas por parte de las mujeres que acudían a la iglesia. Mantener los velos parecía algo más fácil pero las medias si no podían llevarlas nuevas había que zurcirlas, tarea muy frecuente. Antes de que se popularizasen las medias de cristal, las carreras en las medias provocaban coser puntos invisibles con un huevo de madera que se encontraba en cualquier costurero. Muchas mujeres tenían especialidad en subir los puntos de media y en las mercerías siempre se encontraba quien pudiera hacerlo.

La Hermandad del Cristo de la Buena Muerte se instituyó con el apoyo del sacerdote. Algunas iniciativas como las de la Tómbola del Cura o de la Caridad, en el Paseo, o los festivales taurinos, ya entrado junio aprovechando la plaza de toros portátil después de la feria, se realizaban a beneficio de obras parroquiales. Su presencia, en todo tipo de actos, era muy bien acogida por los vecinos.

María Antonia Chamorro, dueña de la caja de lata donde se escondía este tesoro de correspondencia, las cartas de Manolo a Chanita, siempre sacaba algún dinero y así, comprar imágenes para la Iglesia que el Padre Natera le solicitaba. Del 1953 son algunas compras fundamentales como la imagen de Santa Filomena que costó 1025 pesetas más el embalaje en caja de madera cuyo importe fue de 75 pesetas y que se envió a la estación férrea de Los Barrios desde el taller de orfebrería de Julián Cristóbal de la Casa Arte Español, en Madrid. Del mismo autor es la imagen de Santa Micaela del Santísimo Sacramento por un precio de 380 pesetas y 40 más por el embalaje. A La Fortuna de Teresa Tubau en Madrid se encargó la imagen de Santa Teresita del Niño Jesús de pasta de madera por un precio de 1020 pesetas con un descuento de 102 pesetas y un coste de embalaje de 60 pesetas. 

El padre Natera, ya jubilado, se instaló en Algeciras con su sobrino el padre Sebastián, párroco de la Iglesia de la Palma y allí oficiaba misa algunos días. Le sustituyó en los Barrios el padre José Viso Méndez. La familia del padre Natera se trasladó a la barriada de La Piñera, en Algeciras.

Con catorce años, Chanita y las amigas quedaban los domingos para animar al equipo de fútbol, otra iniciativa muy apoyada por el padre Natera como demuestran las fotografías de la época y, tras la finalización de los partidos, venían los paseos por la zona. Manolo andaba cerca hasta volver a La Línea y es que Manolo Casasola, linense y amante del futbol, jugaba en la Sociedad Deportiva de Los Barrios, equipo que llegó a jugar en tercera. Los domingos coincidían todos en el campo de la Cigüeña, donde está actualmente la Plaza de Abastos. Los jugadores se compraban las botas para jugar y no cobraban nada. Cuando jugaban con el equipo de Algeciras, el Imperial, la rivalidad era grande y la animación barreña se dejaba oír. El presidente del equipo era Luciano Romero, el sastre, que se apodaba así porque era su profesión y tenía la sastrería en la calle Perdón. Mucho de lo que cosía era para la clientela de Gibraltar que venía expresamente a encargar sus trajes a quien vivía apasionadamente el fútbol en su pueblo. En el 1959 se constituyó el Atleti de Los Barrios cuyo presidente fue Severiano Grande pero Manolo Casasola no jugó con ese equipo. Junto a algunos compañeros venían a Los Barrios como podían: utilizando bicicleta, moto, autobús o autostop. Manolo estudió comercio y entró a trabajar joven en la Caja Postal y siguió en otras entidades bancarias hasta jubilarse hace ya unos años en el BBVA. De la necesidad de escribir a los clientes del banco perfeccionó la caligrafía y la ortografía y estos conocimientos los derrochó en las cartas a su querida novia.

Después de hablar con Pepi Ortega y ya con el número de teléfono, el paso siguiente en mi búsqueda de Chanita fue llamar a La Línea y preguntar por ella. Una voz muy agradable me respondió. Me presenté y le dije que había encontrado unas cartas de hacía años que le pertenecían, que estaban escritas para ella por un chico llamado Manolo. Empezó a reír y no se le ocurrió otra cosa que contarme que era su marido y que incluso dormido, como en las cartas, después de tantos años le seguía diciendo: “Chanita, te quiero”. También me contó que Manolo ha sido su compañero de vida y que María Antonia Chamorro fue cómplice en los inicios de su relación. “Iré a llevarte tus cartas y espero que tengáis buenos ratos para releerlas” le contesté emocionada.

Así fue como aparecí con mi hijo Javier Mariscal en el hogar de los Casasola Muñoz. Atravesé una cancela de hierro con paredes en las que colgaban macetas y allí, me esperaban Chana y Manolo. Nos sentamos, deslió Chana sonriente el paquetito de las cartas y cogió para leer aquella en la que Manolo le escribía preocupado porque su carta anterior no había tenido respuesta, y si era por algo que no le hubiera gustado lo enmendaría seguro.

Hace unos días Chana me ha confirmado que ya sus dos hijos, dos hijas y once nietos han podido leer las cartas. Dirigirlas a la parroquia era porque seguro que así no se perdería la correspondencia, aunque ella, todos los días, procuraba adelantarse a la visita del cartero yendo a la oficina de Correos para reclamar su carta. Conserva muchas como estas que quedaron en la casa de María Antonia. “¡Dónde mejor para guardarlas!” le dijo Chana a Manolo.

“Bueno, resumiendo, quiero que como yo te digo las cosas que a mí no me gustan, tú me digas lo mismo. Y como esto se acaba me despido de mi bonita hasta mañana, queriéndote cada vez muchísimo más. Adiós mi Chanilla. Tu Manolo.”

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