SOBRE NUESTRA VIDA

Yo te quiero libre y feliz

 

Cuando tuve hijos, lo tenía claro: no los quiero dependientes e inseguros. Así que a lo largo de su infancia y adolescencia, mi intención era animarles a ser autónomos, acorde a su edad. Les dejé crear su propio orden, su estilo de hacer, y los acompañaba cuando me necesitaban. No los instruía en cómo hacer sus tarea, a la vez que apelaba a la responsabilidad de sus actos. “Atente a las consecuencias”, le dije una vez a mi hijo mayor cuando me expresaba que no tenía ganas de hacer las tareas del cole, “ya se lo explicarás a la maestra”.

Hoy puedo sentirme feliz, y lo admito, orgullosa también, de tener a dos jóvenes adultos como hijos que por un lado, guardan la espontaneidad del niño, y por otro, muestran un “saber estar” y actuar con respeto y cierta madurez, acorde a su edad. “Son niños aún, aunque parezcan adultos”, me dijo una amiga hace poco. Y es cierto en parte, ya que con sus 18 y 20 años aún no podemos esperar la madurez de un adulto de 30. Hoy se sabe que la corteza cerebral prefrontal no termina de madurar hasta aproximadamente los 25 años. Y es en esa zona cerebral donde se ubica la capacidad de razonar y tomar decisiones maduras.

Claro que aún les puede a veces la curiosidad y las ganas de experimentar y disfrutar, lo cual les hace, en ocasiones, olvidar cosas o no tener en cuenta factores importantes en su día a día. No obstante, para mí es esencial confiar en el camino de mis hijos y tratarlos acorde a ello. Ahora ya están en su propio camino. Es hora de dar un paso hacia atrás y controlar un poco ese ímpetu de querer proteger y guiarles. No los dejo solos, no. Siempre echo una miradita, aunque estén lejos. Con cuidadito, y sin ser invasiva. Es su vida, su experiencia, su aprendizaje. Cometerán errores, tendrán experiencias, de las cuales algunas dolorosas y otras maravillosas. Sabrán resolver los problemas, arreglar los fallos, y seguir adelante. Mi función como madre es hacerles saber que siempre estaré ahí para apoyar y echar una mano si hace falta.

Lo que os cuento aquí de mi visión como madre, también es aplicable a mi visión como profesional. Tanto en terapia como en la enseñanza te quiero libre y feliz. No te quiero dependiente. Por eso, en mis clases preparo a mis alumnos para que puedan seguir andando sin mí. Por eso, en terapia, acompaño a mis clientes un trecho, para que salgan reforzados de sus momentos difíciles. Todos necesitamos de vez en cuando que nos acojan. Recibir apoyo, ayuda, formación etc., es lo bello de la vida. Nadie puede hacerlo todo solo.

Cuando acudimos a profesionales, buscamos la ayuda o el servicio de un profesional al que, con el tiempo, dejaremos de necesitar. Si nos hacen una casa, dejaremos el servicio de la constructora cuando termine de hacérnosla. Si nos arreglan un aparato, no necesitaremos de su servicio durante largo tiempo, hasta que se nos estropea de nuevo. Pero el profesional no hará mal el trabajo para que tengas que volver pronto a pedirle su servicio, ¿verdad?

Esta es mi visión, y no sé si es demasiado romántica, pero no estoy dispuesta a abandonarla. Tal vez, no todo empresario tiene esta visión: desear que el cliente no lo necesite en mucho tiempo porque le ha hecho un servicio excelente, y ahora puede caminar solo. Suena poco “capitalista”, ¿verdad?

No obstante, el cliente que está tan satisfecho que no necesita más de la ayuda del profesional, lo recomendará a otro, y ese otro que está igualmente satisfecho, lo seguirá recomendando. Y así es que el profesional excelente crece y florece, sin apenas necesidad de “venderse”.

La vida es un espejo: si te deseo prosperidad y libertad, tendré prosperidad y libertad. Al menos eso creo. Por ello, yo tengo claro mi visión: te quiero libre y feliz.

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