Terminas de trabajar. Has pasado la jornada resolviendo problemas, atendiendo a otras personas, cumpliendo horarios o intentando llegar a todo. Subes al coche pensando en volver a casa, cenar, ver a tu familia, descansar un poco o, simplemente, quitarte los zapatos y no hacer nada durante unos minutos.
Entonces aparecen las luces rojas delante de ti.
Primero parece una retención breve. Después, el navegador añade diez minutos. Luego otros quince. El tráfico apenas avanza y llega el mensaje que ya esperabas: “¿Cuánto te queda?”. No puedes responder mientras conduces. Tampoco sabes muy bien qué contestar, porque en estas carreteras una estimación puede cambiar en cuestión de minutos.
Esta escena resulta demasiado familiar en el Campo de Gibraltar. La A-7 entre Algeciras, Los Barrios y San Roque, los accesos a Palmones y Guadacorte, el nudo de El Toril, la carretera hacia La Línea y Gibraltar o la N-340 en dirección a Tarifa pueden convertir un desplazamiento cotidiano en una espera difícil de predecir. Basta un accidente, una avería, unas obras o un aumento del tráfico para que un trayecto relativamente corto ocupe buena parte de la tarde.
La jornada laboral termina en el reloj, pero no siempre termina en el cuerpo.
Cuando salimos de trabajar necesitamos un periodo de transición. La mente tiene que abandonar las tareas pendientes, las conversaciones del día y las decisiones que ha ido acumulando. El cuerpo también necesita bajar el nivel de activación. Sin embargo, en una retención continuamos pendientes de los retrovisores, de la distancia con el vehículo de delante, de quien intenta incorporarse, de la hora y de la posibilidad de llegar tarde.
No estamos trabajando, pero tampoco estamos descansando.
El atasco reúne varios elementos que generan estrés: tenemos un objetivo claro —llegar a casa—, sentimos urgencia y, al mismo tiempo, disponemos de muy poco control sobre lo que está ocurriendo. No sabemos cuánto durará, apenas podemos buscar una alternativa y cualquier movimiento parece depender de cientos de vehículos que se encuentran en la misma situación.
Esa falta de control puede provocar frustración, impotencia e irritabilidad. Apretamos con más fuerza el volante, elevamos los hombros, tensamos la mandíbula y comenzamos a respirar de forma más superficial. Miramos la hora repetidamente, aunque sabemos que hacerlo no hará avanzar la cola. Algunas personas sienten que están perdiendo el tiempo; otras empiezan a imaginar todas las consecuencias de llegar tarde.
Porque una hora en la carretera nunca es solamente una hora.
Puede ser la hora en la que íbamos a recoger a nuestros hijos, preparar la cena, acompañar a una persona mayor, acudir a una cita, hacer ejercicio o conversar con nuestra pareja. Si esa hora se pierde durante cinco días, se convierte en cinco horas semanales y cerca de veinte al mes. No desaparece del calendario: se resta del descanso y de la vida personal.
El problema tampoco termina necesariamente cuando conseguimos aparcar. A veces llegamos a casa, pero una parte de nosotros continúa atrapada en el tráfico. Entramos con el cuerpo tenso, la cabeza acelerada y mucha menos paciencia de la que teníamos al comenzar el día.
Entonces aparece una petición pequeña —“¿puedes ayudarme con esto?”, “¿qué hacemos para cenar?”, “papá, mira”— y respondemos con más brusquedad de la que esa situación merecía. No porque no queramos a quienes nos esperan, sino porque llegamos con nuestros recursos emocionales prácticamente agotados.
El estrés de la carretera viaja con nosotros y, si no somos conscientes de ello, entra también en casa.
Cada persona vive estas retenciones de una manera diferente. Para quien tiene flexibilidad horaria pueden representar una molestia. Para quien debe fichar, recoger a un menor antes de una hora determinada, comenzar un turno, llegar a una consulta médica o cuidar de alguien dependiente, pueden convertirse en una fuente diaria de angustia.
También está la culpa. La culpa por volver a llegar tarde, por no cumplir lo prometido o por saber que otra persona está reorganizando su tarde debido a nuestro retraso. Aunque racionalmente sepamos que no hemos provocado el atasco, emocionalmente podemos sentir que estamos fallando.
Cuando la situación se repite, el malestar puede comenzar incluso antes de subir al coche. Hay personas que salen del trabajo pensando ya en la carretera, consultan varias veces el tráfico, calculan rutas alternativas y anticipan con frustración lo que van a encontrarse. El trayecto todavía no ha comenzado, pero el cuerpo ya se prepara para una experiencia desagradable.
En estas condiciones es más fácil perder la paciencia. Aparecen los bocinazos, las aceleraciones bruscas, la dificultad para permitir una incorporación o el enfado con quien intenta cambiar de carril. El estrés puede ayudarnos a entender estas reacciones, pero no las justifica. Una maniobra agresiva no hace desaparecer la retención y sí puede aumentar el riesgo para todos.
Además, solemos olvidar algo evidente: las demás personas que están en la carretera tampoco quieren estar allí. Quien intenta incorporarse, quien duda ante una salida o quien conduce con excesiva prudencia posiblemente también está cansado, preocupado o intentando llegar a tiempo a algún lugar.
Un poco de cortesía no resolverá las deficiencias de nuestras carreteras, pero puede evitar que una situación difícil se vuelva todavía más hostil.
Como psicólogo, creo que debemos tener cuidado con convertir todos los problemas sociales en responsabilidades individuales. No sería justo decirle a una persona que pasa una hora atrapada después de trabajar que la solución consiste simplemente en respirar, relajarse o “tomárselo de otra manera”.
Una técnica de respiración no añade carriles a la A-7, no crea alternativas de transporte público ni evita que un accidente bloquee una de las principales arterias de la comarca. El estrés no siempre nace de una forma equivocada de pensar. A veces es una respuesta comprensible ante un entorno que nos exige demasiado y nos ofrece muy poco margen de actuación.
Las herramientas psicológicas pueden ayudar a que el atasco no nos haga todavía más daño, pero no deben utilizarse para ocultar la necesidad de soluciones estructurales.
Mientras esas soluciones llegan, podemos intentar reducir parte del desgaste. Si existe la posibilidad, consultar el estado del tráfico antes de salir permite valorar una ruta alternativa o avisar con antelación de un retraso. Una vez dentro de la retención, mirar obsesivamente el reloj suele aumentar la sensación de urgencia sin cambiar el resultado.
También puede ayudar observar qué está haciendo el cuerpo: aflojar las manos, apoyar la espalda, soltar la mandíbula y respirar de manera algo más lenta, sin intentar obligarnos a estar tranquilos. Podemos reconocer con honestidad lo que sentimos: “Estoy frustrado porque quiero llegar y no puedo controlar esta situación”.
Poner nombre a la emoción no elimina la cola, pero evita que la frustración se transforme automáticamente en una conducta peligrosa.
Cuando la tensión sea demasiado intensa, y siempre que sea posible hacerlo con seguridad, puede ser preferible detenerse en un lugar adecuado antes de continuar. Los mensajes y las llamadas deben esperar hasta que el vehículo esté estacionado. Llegar unos minutos antes nunca compensa mirar el teléfono mientras se conduce.
Al llegar a casa, también podemos permitirnos una transición breve. Apagar el motor, respirar durante unos segundos y reconocer que venimos alterados. Incluso decir a quienes nos esperan: “He tenido una vuelta complicada y necesito cinco minutos para bajar el ritmo; no tiene que ver contigo”. Esa explicación puede evitar muchos conflictos que, en realidad, no comenzaron dentro de la familia, sino varios kilómetros antes.
Las empresas también pueden contribuir. Siempre que la actividad lo permita, cierta flexibilidad en las horas de entrada y salida, la posibilidad de adaptar turnos o el teletrabajo ocasional pueden reducir la exposición a las horas de mayor congestión. No todas las profesiones pueden hacerlo, pero allí donde exista margen debería considerarse como una medida de bienestar y organización, no como un privilegio.
Y, por supuesto, necesitamos que las infraestructuras y el transporte público respondan a la realidad del Campo de Gibraltar. Una comarca con actividad portuaria, industrial, comercial, turística y transfronteriza no puede tratar sus problemas de movilidad como simples molestias puntuales.
Cuando una carretera se colapsa de manera repetida, no solo se detienen vehículos. Se retrasan trabajadores, cuidados, citas, negocios, encuentros familiares y horas de descanso. Las infraestructuras también organizan nuestra vida emocional.
La distancia entre el trabajo y el hogar no se mide únicamente en kilómetros. Se mide en el tiempo que dejamos de pasar con nuestros hijos, en la cena que vuelve a retrasarse, en la conversación para la que ya no tenemos energía y en la paciencia que gastamos antes de cruzar la puerta.
Mejorar la movilidad del Campo de Gibraltar no es solamente una cuestión de tráfico o de desarrollo económico. También es una cuestión de salud, convivencia y calidad de vida.
Porque terminar de trabajar debería significar que, dentro de un tiempo razonable, podemos llegar a casa. No que comience una segunda jornada, inmóviles frente a una interminable fila de luces rojas.
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