Opinión / Darío Iglesias Muñoz

10/19/2018

A ras de suelo

Historia de una obsesión

Historia de una obsesión

Darío Iglesias Muñoz

“El crucifijo no hace daño a nadie”, no lo digo yo, lo dijo el querido y reconocido Enrique Tierno Galván, alcalde agnóstico y republicano de Madrid. Un día intentaron quitar el crucifijo que colgaba de una de las paredes de su despacho, a lo que él respondió: “La contemplación de un hombre justo que murió por los demás no molesta a nadie. Déjenlo donde está.”

Hoy parecemos asistir a la desaparición progresiva de todo símbolo religioso. Desaparece de las casas de los vivos y de las tumbas de los muertos, y desaparece sobre todo del corazón del mundo. Nos empeñamos en enterrar a Dios. Es la obsesión compulsiva de algunos políticos. Parece que les quita el sueño.

La propuesta final insta al Gobierno a garantizar el imprescindible carácter laico que debe revestir la Escuela como institución pública, dejando la religión confesional fuera del sistema educativo. Igualmente, denuncian y piden la derogación de los Acuerdos del Estado español con la Santa Sede.

Amigos y compañeros políticos, uno de los principios básicos de la educación, es que tiene que ser integral, es decir, ha de abarcar todas las realidades y dimensiones del ser humano. La espiritualidad o interioridad, es una de esas dimensiones innegables de la persona, pues ésta, más allá de ser una mera máquina biológica, tiene alma, espíritu, realidad que también ha de ser contemplada en el ámbito educativo para que pueda ser educada, por eso, se imparte la asignatura de religión. Si ustedes deciden hacer desaparecer esta asignatura del ámbito educativo, abogando a que quede reducida al ámbito de lo privado, la educación pública no estaría cumpliendo con su objetivo y mayor criterio, el desarrollo pleno de la persona.

El cristianismo es un símbolo cultural que recuerda nuestra historia. Las raíces de Europa y, por ende, las de nuestro país, hunden sus cimientos en los valores cristianos. Sólo con mirar el arte y la literatura bastaría para entenderlo, pero ya veo que les da igual. Europa no se entiende sin el cristianismo. Los valores de tolerancia, respeto mutuo, estima por la persona y afirmación de sus derechos y libertades, la autonomía de la conciencia moral ante la autoridad, la solidaridad humana, el rechazo de toda discriminación, incluso aquellos principios de libertad, igualdad y fraternidad que cantaba la Revolución francesa, hunden sus raíces en ese cristianismo tan odiado y rechazado por ustedes. Quizás la cruz moleste porque nos está denunciando constantemente. Nos dice quiénes somos y cómo estamos actuando.

Amigos y amigas, ¿tanto daño hacen los valores cristianos en nuestra sociedad?, ¿tanto mal hace la Iglesia en nuestro mundo?, ¿tanto daña a la vista la contemplación de una cruz en la vía pública? Aprendamos de aquellos que saben valorar lo bueno de los demás y que supieron vivir desde la tolerancia y el respeto. Un abrazo a todos. Ánimo y adelante.

 



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