PLAZA DE LA IGLESIA

Cuatro cafés

 

Los jueves tengo un hueco entre clases y suelo ir a desayunar a una cafetería cercana al instituto. Hoy es jueves y hace frío. De las mañanas más frías que ha hecho en lo que llevamos de este otoño que espera, deseoso, un invierno de los de verdad, con algo de frío y, sobre todo, con lluvia.

Me siento y pido lo de siempre, un café cargado y una tostada con aceite. Mientras espero, entran a la cafetería cuatro personas y se sientan en la mesa de al lado. Ellos también comentan que hace mucho frío, más que en otras partes de España donde el frío es menos húmedo y, con sólo abrigarte bien, se pasa.

No puedo evitar escuchar la conversación que andan teniendo, entre otras cosas, por la cercanía de las mesas. Son cuatro personas extranjeras, de algún país de la hermosa Latinoamérica. Me llama la atención su exquisita educación: han dado los buenos días cuando han llegado, han saludado de manera muy amable a la camarera y todos le han dado las gracias cuando les puso sobre la mesa cuatro cafés con leche en vaso de caña. Antes de comenzar a darle sorbos, dieron gracias a Dios por el regalo de la amistad y por el café calentito que estaban tomando. A continuación, uno de ellos le preguntó a una de las mujeres que tenía justo enfrente: “¿qué te llevas o qué te ha llamado la atención de tu estancia aquí?” Entendí que, dos de las cuatro personas, estaban en España de paso, tal vez, por motivos de trabajo. La respuesta fue sorprendente. Cito casi literalmente: “Me ha llamado la atención dos cosas. La primera, que hay muchas personas mayores que andan solas, algunas, van acompañadas de su marido o su mujer, pero van solas y están solas. Y la segunda cosa que me ha llamado la atención es que muchas de ellas tienen el rostro serio y triste”.

Esta conversación me dejó pensativo y es la razón de esta reflexión que comparto ahora contigo, querido lector. Quizás, tengamos que aprender mucho de quienes vienen de fuera dándonos ejemplo de muchas cosas. Tal vez, sea el momento de preguntarnos qué le está pasando a esta vieja Europa que muere lentamente, no sólo por la edad de sus habitantes, sino por el debilitamiento de sus valores. Quizás sea el momento de apreciar nuestro fracaso como sociedad.

Ese café, en esta mañana de un frío jueves, me ha recordado dos cosas: que es bueno y necesario ser amables y agradecidos con todos, cosa que echo de menos en esta sociedad nuestra. Y, en segundo lugar, una pregunta más bien; ¿Qué estamos haciendo con nuestros mayores?

Quizás tengamos que pedir en esta Navidad, más educación, amabilidad y ternura para levantarle la vida a la gente que tenemos al lado, por ellos y por nosotros. Ojalá volvamos a ser lo que fuimos y lo que estamos llamados a ser. Un abrazo a todos. Ánimo y adelante. Feliz Navidad.

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