En Los Barrios no queremos muertos

 

En lo que llevamos de año, son ya 10 los fallecidos y 478 los hospitalizados a causa de esas fiestas en España. Yo nunca he ido, pero los asiduos cuentan que el chute de adrenalina es tal que compensa el riesgo de acabar en una sala de urgencias.  “Te lo pasas muy bien y casi nunca hay que lamentar una desgracia”, explican.  Puede ser, pero en 8 meses han ocurrido casi 500 desgracias, 10 de ellas fatales.  A veces le toca la china a algún turista, por eso de que a España se viene de cachondeo y a desfogarse locamente.  Pero también le toca a gente de aquí, tal vez confiados por jugar en su terreno, tal vez porque es algo que, lamentablemente, hemos normalizado.

Solo en la Comunidad Valenciana los muertos ascienden a 7 personas, una cifra que no se veía desde el 2015.  Debe ser que las ganas de marcha después de la pandemia hayan dado rienda suelta a los más carnales deseos humanos. Es lo que tiene estar tanto tiempo encerrado, en vez de reflexionar para ser mejores personas estábamos esperando que nos levantaran la veda para volver a lo mismo de antes, pero en dosis más altas.  A mí me gusta pensar que, a pesar de todo, estamos avanzando como sociedad, pero estadísticas como ésta me ponen realmente difícil eso de seguir creyendo en la humanidad.

Durante el confinamiento la cosa se relajó, no hubo fiestas, no hubo fallecidos y nadie tuvo que ser atendido de urgencia.  Pero el mono estaba ahí, cociéndose a fuego lento.  Hubo quien incluso a sabiendas lo alimentó, a base de vídeos antiguos y música enlatada o cubriendo las paredes de carteles alusivos que rememoraban juergas pretéritas.  El levantamiento de las restricciones fue como soltarle la correa a un caballo desbocado, con un fatal resultado: 10 muertos y 478 hospitalizados.  ¿De verdad queremos seguir permitiendo aquí ese tipo de fiestas, más propias de otras épocas? En algunos sitios, con buen criterio, ya han empezado a prohibirse.

Hay quien llega al festejo alicatado por los cuatro costados y no se entera de dónde se está metiendo, ni por dónde le vienen los tiros.  Ese ya es carne de cañón, máxime cuando en su grupo no hay alguien que le diga, “Juan, no vayas por ahí”.  Como todos se meten, pues Juan también, y como la alegría de Baco corre por sus venas obnubilando su entendimiento, Juan no ve el peligro, se pasa de la raya y acaba en la ambulancia, en el mejor de los casos.  Pero no pasa nada porque ya es algo que aquí vemos como normal, un fuego amigo, un daño colateral.  Y mañana, otra fiesta.

En muchos pueblos incluso se hacen lesivos simulacros de fiestas para que los niños se vayan acostumbrando y lo vayan viendo como algo positivo, divertido o incluso típico. Personalmente, no entiendo qué placer puede haber en arriesgar tu vida así, a lo loco.  Comprendo que la gente tiene que divertirse, comprendo (aunque no comparto) que haya quien lo vea como un ritual casi litúrgico, pero en mi caso os doy permiso para agarrarme por el pescuezo si alguna vez cometo la temeridad de ponerme a correr delante de un toro.

 

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Opinión Rafael Oliva

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