El mundo forestal del corcho

Capitulo del Libro "Vivencias campesinas y ciudadanas" de Guillermo Carcía Jiménez, editado en 1996.

Allá por las alturas de la finca «Ojén», encaramados sobre corpulentos alcornoques, a veces casi suspendidos en el vacío, en una pirueta inverosímil porque el árbol sobre el que trabajaban se alzaba en una escarpada roca, allí estaban los corcheros con el hacha en una mano y la otra aferrada como sostén a una rama, desgajando la corteza del chaparro, en una labor donde se conjugaban destreza y esfuerzo, corazón y experiencia, como verdaderos acróbatas de un espectáculo que carecía de espectadores, los cuales, al menos, hubieran compensado con sus aplausos el rigor de aquella tarea.

Expertos obreros cuya faena se veía complementada con el trabajo de recogedores, peones de cabría, rajadores, aguadores, cocineros, pesadores, refugadores o mozos ayudantes de la carga de camiones.

Y en el ir y venir de un extenso haz de veredas y trochas, allá caminaban los arrieros con sus reatas de mulos y borriquillos, con sus interjecciones gesticulares espoleadas por el empleo de la vara de adelfa que estimulaba la andadura del animal , sufridos cuadrúpedos que con bamboleante cargamento de corcho bajaban por arriscados senderos y vericuetos.

O el discurrir traqueteante y rodante de la vida del camionero, transportando el corcho desde el depósito instalado en la llanura del campo hasta la fábrica manufacturera en la ciudad.

En algunos de sus aspectos forestales este era el mundo del corcho, laborioso trabajo en el que miles de jornaleros de Los Barrios consumieron los mejores años de su vida. Y todo aquel afanoso trajinar formó parte de las vivencias campesinas de este pueblo, que día a día, con el sudor y sacrificio de sus hijos, con la canción del trabajo a flor de labios, escribió una hermosa página en la callada y abnegada historia del campesinado andaluz, contribuyendo al auge de una actividad forestal y mercantil que en su época dorada ocupó el segundo lugar en las estadísticas de exportación de nuestro país, y de cuya importancia en el pasado nos da fe en el hecho entre otros muchos de que » Rusia llegó a eximir del servicio militar a todos los jóvenes que se dedicasen a esta industria» según nos dice Ramón Medir en su Historia del gremio corchero.

Situado Los Barrios en una zona privilegiada para el desarrollo de estas operaciones forestales, con una extensa demarcación territorial en la que se asientan magníficas fincas productoras de corcho, la conocida corteza del alcornoque , el cercano enclave de este pueblo al puerto de Algeciras, ya tradicional en el embarque de corcho hacia todos los confines del mundo, y otros factores importantes, no cabe duda que todo está fuente de riqueza de un ayer no demasiado lejano habría de quedar vinculada al devenir laboral de nuestra población, y por eso quisiéramos ofrecer una panorámica más o menos extensa sobre este quehacer forestal, incluyendo una galería de nombres de mucho de los hombres que engrosaron las filas del trabajo corchero en Los Barrios, al menos de la época contemporánea que es la vivida por el autor de este libro.

El descorche

Es una luminosa mañana del mes de junio de hace cuarenta años. Por veredas que zigzagueaban hacia las alturas de los montes de Zanona caminaban en fila india los hombres de una cuadrilla de corcheros. A modo de bastón de mando , el capataz afianzaba su caminar con la clásica «chivata» que le servía de báculo y sostén en aquel terreno duro y empinado. Unos llevaban el hacha colgada del hombro, otros el cordelaje para atar el corcho que después transportarían hasta la cabría del pesaje , o aquel muchacho el cántaro del agua que calmaría la sed de aquellos obreros durante la faena.

En aquellas alturas el espectáculo era grandioso. A la derecha contemplábamos la magnificencia de las sierras que hoy componen el Parque Natural de los Alcornocales, del cual forma parte esta finca; a la izquierda hacia occidente, las grandes llanuras de la desecada laguna de La Janda y los predios de Tahivilla. El último mes de abril nos había obsequiado con abundantes lluvias y todavía el agua corría rumorosa y cristalina por entre oquedades rocosas de aquel pequeño arroyuelo , no con la abundancia del tiempo invernal pero sí con la pureza y nitidez de un lecho no contaminado. Los helechos bordeaban el cauce del arroyo o rodeaban el pie de la espléndida arboleda. El rocío de la noche había extendido su manto irrigador y toda la floresta del bosque aparecía fresca y revitalizada en este alborear de la mañana. Abajo se vislumbraba el cortijo de Zanona, donde los hermanos Alcántaras como guardas de la finca vivían los aconteceres propios de estas abnegadas familias de campesinos. Más allá, asentada en una cañada, estaba la vivienda de los Ballesteros, cuyo padre era el capataz de aquellos corcheros que ahora en esta mañana recordada , marchaban hacia el tajo laboral, tras el despertar , tras el despertar de un sueño reparador bajo las estrellas, y sobre la manta extendida en un lecho de gamones y hojarascas.

Y comenzaba el descorche. Con una habilidad sorprendente, propia de la profesionalidad de estos hombres, el corchero veterano se encaramaba sobre las ramas del árbol y el hacha, manejada con destreza, iba desgajando la corteza del alcornoque , que caía lentamente hacia el suelo tras ser separada del tronco arbóreo. Era un trabajo de técnica laboral casi perfecta, pues no olvidemos que el mérito del buen corchero estriba en que la hoja afilada del hacha no debe herir la superficie leñosa del chaparro.

Las planchas de corcho en bruto eran recogidas a pie de árbol por los recogedores, los cuales en grandes brazadas las transportaban hasta la cabría, artilugio este formado por un trípode sobre el que descansaba el plato y la romana para el peso. Los peones de cabría intervenían para llenar el plato con planchas de corcho y cuando las dimensiones de estas excedían a las medidas del recipiente, rajaban dichas planchas.

En la cabría dos hombres daban fe del peso obtenido, uno como representante del vendedor y otro del comprador. Mis buenos amigos José Gallardo, administrador de la casa Botey Roura, y José Chaves, encargado de la industrial corchera, cumplían esa misión. A lo largo de la jornada estos «fieles» anotaban en una libreta las diferentes pesadas del día y a la caída de la tarde, finalizaba la faena , extendían cada uno un vale, que se intercambiaban recíprocamente, con los quintales de corcho pesados en la jornada.. Con estos vales, contabilizados a final de temporada, se coleccionaba la liquidación definitiva entre el dueño de la finca la empresa compradora del corcho. Cuando la operación de descorche se hacía a destajo no a jornal, estos vales servían cada quincena para pagar a la cuadrilla de corcheros con arreglo al número de quintales obtenidos.. A intervalos esparcidos el capataz tocaba una trompetilla que llevaba colgada en bandolera y los hombres interrumpían el trabajo para un breve descanso. Era la hora del cigarro. Tras varios cigarros se llegaba el almuerzo , alrededor de las nueve y media de la mañana, con la socorrida sopa de la olla que comían por el sistema de cucharada y paso atrás. La merienda a las dos y media de la tarde, con la comida de garbanzos después, el rigor de la calma se combatía con la clásica siesta hasta las cinco de la tarde, en que se reanudaba el tramo final del trabajo de cada día. Y en la atardecía el gazpacho fresco, complementado con el trozo de queso o el tasajo de tocino acecinado.

Finalizado el trabajo, los hombres maduros fumaban el último cigarro de la jornada, ya en el hato, y los jóvenes se divertían con diferentes juegos populares hasta bien entrada la noche, en que el capataz recomendaba silencio para el descanso. En aquel corro se comentaban las incidencias del día de trabajo , tal cual suceso ocurrido en Los Barrios en los últimos días, el acontecimiento destacado a nivel nacional, como los triunfos taurinos de Antonio Ordóñez, el nuevo pantano que había inaugurado Franco, o bien como soterrada y tibia protesta obrera, dentro de las características sociales del Régimen. Algunos insinuaban que para el próximo descorche habría que plantear al sindicato vertical un aumento de jornales, dado el encarecimiento de la vida.

En este otro grupo , compuesto por gente moza, se contaban chascarrillos o chistes picantes, los cuales, por su tono subido, hacían las delicias de una juventud campesina sana y noble, todavía no contaminada por el desenfreno de la hora actual. Y al final según la expresión popular «cada mochuelo a su olivo» para descansar del esfuerzo realizado y soñar con el día de la próxima quincena y regreso junto a los familiares.

Hoy es día de quincena

Estamos en el ventorrillo de Las Corzas, en los altos de la finca Ojén, en el límite mismo entre los términos municipales de Los Barrios y Algeciras.

El viejo motor del coche de nuestra Empresa, que nos había llevado hasta allí, resoplaba en la ascensión por una pista terriza que serpenteaba hasta la cumbre. Antes de esta escalada habíamos detenido la marcha en el caserío de Ojén para saludar a la familia de Mateo Castro, el vaquero, cuyos miembros siempre nos dispensaron una acogida amable y afectuosa. Monte arriba, el paisaje era espléndido y la arboleda frondosa. Alcornoques, quejigos, acebuches, y otras especies arbóreas producían grata sombra y saturaban la atmósfera de aires puros y aromáticos. La Naturaleza parecía que entonaba un canto de alabanza hacia el Supremo Creador en aquella hermosa mañana de verano. En aquellos lejanos años estos parajes incomparables aún no habían sido profanados por la vorágine de los viajeros domingueros, ni por las basuras que hoy contaminan nuestros campos y nuestros bosques.

De paredes de piedra, ejabelgadas de espesa cal y techumbre de tunas y matorrales, el ventorrillo se nos aparecía como un remanso de paz en aquel altozano. Una empalizada de troncos de madera circundaba el perímetro de la modesta vivienda. Diseminadas por el suelo, colgadas de los muros, plantadas en viejas ollas y cacerolas o en desahuciados cubos de cinc: rosas, albahacas, geranios, ofrecían al recién llegado la policromía de sus colores y el aroma de sus pétalos. Todo olía allí a limpieza y fregoteo, que mujeres hacendosas solían realizar diariamente como un río doméstico donde sólo se usaba agua clara, jabón y esfuerzo de manos femeninas curtidas por el trabajo casero.

Un pequeño mostrador de tablas rústicas, donde descansaba un botijo de agua, una estantería con algunas botellas de aguardiente, ron, anís, gaseosas y varias mesas con sillas de anea, contemplaban el mobiliario de la estancia.. De las paredes colgaban un almanaque con la publicidad de un establecimiento comercial, un viejo cartel de toros y alguna que otra fotografía con reclamos de caza. Más allá veíamos unas garrafas de vino blanco y tinto, y colgados de los travesaños del techo había chorizos y morcillas destinados a la clientela del ventorrillo. El dueño de la venta se llamaba José Zamora.

Sentados bajo los árboles, otros en taburetes de corcho en la puerta del ventorrillo y varios en las sillas del interior, los corcheros de la cuadrilla de Pepe Martínez aguardaban nuestra llegada para el cobro de los jornales de 15 días de trabajo( la quincena día de descanso).

Blusón o camisa de fuerte tela, chaleco, pantalón, zahona de lona y alpargatas o recia bota componían su vestuario, complementado en las mayores con «el preciso» de piel curtida atado a la cintura, donde guardaban el cuarterón de tabaco de Gibraltar, el mechero de farolillo o de mecha y el librito de papel de fumar marca «Bambú». Allí entre otros barreños, recordamos a Juan Martínez (hermano del capataz)a Andrés Saavedra a Juan Tocón , a los hijos de Mateo Castro y a José Martínez, conocido popularmente por el Maholeto. Allí aparecía también la figura pequeña pero maciza de Tío José Caliente, guarda de la finca de Ojén, controlador por parte del vendedor del peso que arrojaba la cabría, ya que la operación de descorche de aquel año correspondía a dicha finca.

Procedíamos a cumplir nuestra tarea de contable abonando a los corcheros sus jornales. Algunos firmaban en la nómina que previamente habíamos confeccionado con los nombres del personal de la cuadrilla, pero otros no sabían escribir y estampaban su huella dactilar sobre el papel. Era todavía la secuela de aquel triste analfabetismo en que estaban sumidos muchos jornaleros andaluces, como símbolo de una época de marginación y miseria, hoy felizmente superada.

En una mesa aparte, el listero, que también atendía la cocina y la intendencia del grupo, procedía a cobrar la parte de la comida, vino y otros extras que cada corchero había consumido durante la quincena de trabajo, cantidad que él liquidaba después al abastecer de los comestibles y bebidas. Y después todos a casa, a gozar de una jornada de bien ganado descanso.

Los arrieros

Por un corto desfiladero que desemboca en un hermoso valle de Parque Natural de Los Alcornocales una reata de mulos caminaba portando la entrañable humanidad de una familia de arrieros barreños. Algunas acémilas balanceaban la preciada carga de mujeres y niños;; otras, los enseres de aquellas familias. Una mesa pequeña, sillas de anea y banquetas de corcho, una olla , una cafetera y algunos librillos; también platos, cucharas, vasos, así como jarros de hojalata , la ancha trébede que formaría el fogón o la palangana para el aseo, varios líos de ropa y algunos colchones formaban en fin, todo el ajuar de lo que durante el verano sería el hogar de aquellos arrieros. Los hombres caminaban a pie guiando las cabalgaduras. Pantalón de recia tela, camisa oscura, el chaleco y la clásica «faja» que aliviaba la presión a que eran sometidos los riñones y la cintura durante el esforzado trabajo, y sobre la faja, colgado «el preciso» y atravesando la vara de acebuche que estimularía la andadura de los animales.

Llegados al lugar elegido para el nuevo depósito de corcho, y donde habrían de instalar todo el atalaje que transportaban, a veces un cobertizo formado con estacas y ramajes, o bien bajo la fronda de los árboles estábamos en verano, constituían la nueva vivienda de estos grupos humanos.

Al rayar el alba, a horcajadas sobre la grupa de sus animales, los arrieros enfilaban hacia las alturas de aquellos montes donde la cuadrilla de corcheros había instalado de trecho en trecho pequeños montones de planchas de corcho recién desgajadas de los alcornocales, y que ellos, los arrieros, transportarían después en sus bestias de carga hasta el depósito general instalado para el acceso de los camiones.

Antes de iniciar la jornada laboral, estos hombres habían degustados unos sorbos de café que sus hacendosas mujeres les habían preparado en aquella cafetera que a final de la temporada acabaría toda tiznada de hollín, o bien se echaban al coleto un vasito de aguardiente, todo como buen estimulante mañanero para iniciar su tarea. El desayuno sería más tarde al regreso del primer viaje de corcho.

Llegados al depósito con el primer cargamento del día, allí acudían todos a descargar las bestias, incluso los niños porque a mayor celeridad en los viajes mayor ganancia económica, aunque, como es lógico, a costa del sudor y sacrificio de estas abnegadas familias. Y tras todo este faenar de los arrieros, que tomaban el corcho casi a pie de árbol para transportarlo por quebradas y vericuetos inverosímiles hasta depositarlo en la llanada, después le tocaba el turno a los camioneros. Pero estos merecen una pincelada aparte.

Y como final quiero rendir homenaje a ese gran plantel de arrieros barreños con nombres como Juan Román (Atanasio), Juan Nazario, Pedro Rivera, Francisco Rivera, Francisco Romero, Francisco Granado (el campero), José Francisco y Dionisio Torrejón, Manuel González, Antonio Luna, Francisco Agüera, Sebastián Ruiz ( el pollo), su hijo Juan y su hermano también Juan, Francisco Carrasco, José y Antonio Costillo, Andrés Saavedra, Francisco Conteras, Diego Navarro, José Chicón, José Bravo, Francisco Medina, Francisco Nieto, Miguel, Paco, Manolo, Pedro y Juan Ortega, José, Alfonso, Manuel y Andrés Martín conocido por «los catorce», entre otros muchos, que escribieron una hermosa página de sudor y sacrificio.

Los camioneros

Los primeros resplandores de la aurora rasgaban el negro manto de la noche barreña cuando un mozalbete atravesaba una de las barriadas periféricas del pueblo, llamaba antes al portalón de un cobertizo que servía de garaje y gritaba ¡Arriba, Antonio que son las cinco de la mañana».

Sonaron pasos de acá para allá, y pronto el chofer y dueño de un camión abrió la puerta del garaje, bostezó un poco, todavía adormilado, echó una ojeada sobre la batea del vehículo donde aparecían los útiles propios de aquellos camioneros, un rollo de gruesa cuerda, unos cables de acero, tres o cuatro maderos, una espuerta terrera, espioche y un azadón; llenó de agua un pequeño cántaro que llevaba adosado a un lateral del camión, puso en marcha el motor, y acompañado del ayudante, partió con el camión hacia su tarea de todos los días; el transporte de mercancías, ahora del conocido producto del alcornoque. En la puerta de un modesto café situado unas calles más abajo le aguardaba otro hombre, que se incorporó a la traqueteante camioneta como mozo de carga y estiba.

Rumbo a la finca donde debían cargar el camión , el desayuno solían tomarlo en el Ventorrillo blanco si el depósito de corcho no estaba muy lejano, o bien en la Venta de Correro en el tránsito por Benalup, o en el establecimiento de Mariquita

León en la ruta de Jimena, ya que la mayor parte de este producto forestal había que transportarlo hasta Algeciras. Un tonificante vaso de café y una buena rebanada de pan tostada en el rescoldo de la chimenea bien impregnada de aceite o untada de manteca de cerdo, ponían a aquellos hombres en óptimas condiciones para hacer frente a la dura tarea del día.

Llegados al depósito, los ayudantes procedían al cargamento del camión, para lo cual se necesitaba cierta destreza en la colocación y estiba de las planchas de corcho. Hoy la carga de estos vehículos es de una simetría casi perfecta y adaptada a unas medidas determinadas impuestas por el excesivo tráfico rodado que soportamos, pero en aquellos años el cargamento era exagerado , tanto en volumen como en peso hasta el extremo que cuando uno de aquellos camiones se cruzaba en aquellas estrechas carreteras con un autobús, por ejemplo, los conductores debían realizar filigranas para no despeñar su vehículo por un terraplén.

Y no era esa toda la odisea a que se veían sometidos estos hombre, sino que en carriles de difícil transitar había que detener, a veces, la marcha del camión , ya que las lluvias habían obstruido el camino con enormes piedras y barro. Tenían que revestirse de paciencia y coraje, tomar la espiocha y la espuerta terrera, y cual eficientes miembros de un simbólico cuerpo de zapadores, dejar el camino expedito para que el carruaje pudiese salvar aquel escollo. O bien, cuando el viento de Levante soplaba fuerte y agresivamente por la zona donde ellos transitaban , para evitar un vuelco de la carga los ayudantes debían colgarse del cordelada como contrapeso , y así, impedir que la fuerza del viento derribase la balumba de aquellos cargamentos. En verdad, señores, que en determinadas situaciones se necesitaba estar dotado de temple y valor para la conducción por pistas intransitables, carreteras estrechísimas y curvas peligrosas.

Por eso quiero dejar recogido aquí para la historia todo el esfuerzo de estos camioneros en una labor callada y oscura., una glosa que hago extensiva a todos los que empuñaron el volante en el transporte del corcho en toda esta zona, y citando a hijos de esta villa como Alfonso Ruíz y sus hijos pepe y Alfonso, a los hijos de Felipe Gil, a Norberto, a Romero, Caliente y Salvador Mariscal, entre otros, hombres que aportaron su sudor y su pericia al desarrollo de una industria tan floreciente como fue la del corcho.

Los patios de rebusca

Intermedia entre el mundo forestal y el manufacturero existió una actividad corchera más modesta y reducida, pero que contribuyó notablemente a la expansión de sta industria; fueron los patios o depósitos donde se compraban y almacenaban productos menores como rebusca, pedazos, bornizos, etc.

Por veredas y caminos polvorientos del extenso término de nuestra Villa, las recuas de mulos y borriquillos de los arrieros ponían su nota colorista y afanosa en la atardecida, camino ya del patio donde venderían su mercancía, cargamento conseguido, en muchos casos, en una última exploración del monte y «rebusca» de aquellos trozos que pudieran haber quedados abandonados en la espesura de los matorrales y arboleda, una vez que la cuadrilla de corcheros y los primeros arrieros habían abandonado la finca.

En el patio se procedía a la clasificación de esta «rebusca» y en grandes envases llamados «arpilleras» quedaban preparados para que los camioneros los transportasen hasta las fábricas de Algeciras. A lo largo del tiempo este material, podríamos decir de desecho, siempre quedó abandonado en los montes forestales, pero en la década de los años 50, con la aparición del corcho aglomerado, a la industria se le abrió un ámplio horizonte y el bornizo y la rebusca adquirieron un valor inusitado, surgiendo numerosos patios por toda esta zona, como una faceta más de la actividad corchera.

Pronto destacarían en la vecina ciudad de Algeciras tres fábricas de corcho aglomerado: Casa Amstrong, Corchera Española y Garriga y Puig y desde los patios barreños se suministraban ingentes cantidades de rebusca, bornizos y refugos para las fábricas de aglomerado, un producto muy cotizable del cual se obtenían planchas aislantes para viviendas de países nórdicos, revestimiento de cámaras frigoríficas, losas para el pavimento, tabiques, zócalos, envases, etc. Un espléndido negocio que habría de sucumbir ante la llegada del plástico.

Tuvo tal importancia el aglomerado que se producían en España que un país como Rusia, con el que el Régimen de Franco tenía rotas todas sus relaciones. Llegó a ser una de las primeras naciones importadoras de corcho español, contacto comercial que se lograba a través de un intercambio con Alemania Federal..

Como patios de rebusca más conocidos en Los Barrios destacaron , entre otros, de Acosta, situado en «el chaparro de la cruz», el de Enrique Cano en «la angarilla de Amalio»y el de Isidro García en el lugar conocido como «pozo Marín», en el cortijo de Las albutreras , Isidro, aparte de la rebusca, solía comprar y vender también toda clase de leñas y maderas.

Calderas y raspadores

La del alba sería cuando algunas cabalgaduras, con el batir de sus herraduras sobre las empedradas calles de Los Barrios, rompían la quietud de aquella alborada. No les impulsaba el afán de aventuras quijotescas que guiaba las riendas de Rocinante, el famélico caballo del inmortal hidalgo manchego, sino el sufrido y sacrificado esfuerzo del trabajo de cada día.

Se presentaba una sosegada y brumosa mañana del mes de noviembre. La cída de las hojas de los árboles ponía un tinte melancólico en el ambiente. La puerta de aquel horno o tahona expelía un delicioso olor a pan recién cocido y a «molletes calientes». Aquellos mulos y borriquitos, con su carga humana, enfilarían: unos, hacia los montes y campiñas del extenso término municipal de esta Villa, otros, hasta las cercanas y frondosas huertas de Benharás , aquel idílico e incomparable paraje, con sus espléndidas cosechas de hortalizas y frutas, y sus hortelanos de manos encallecidas y espaldas combadas hacia la tierra, en aquella dura tarea de hombres que labraban el terruño. Rumbo a la Villa»haciendo camino al andar»como en el verso machadiano, desde los perfiles playeros de Palmones, unos pescadores recortaban sus figuras en el horizonte, con el capacho a la espalda, porteando su mercancía que más tarde vocearían y venderían por las calles y plazas del pueblo.

El mundo del trabajo comenzaba su afanoso laborar y un grupo de jornaleros barreños se dirigía a una de las numerosas fincas del término que destacaba por su importante riqueza forestal. Ellos formaban parte de un conocido plantel de cocedores y raspadores del corcho. Llegados al tajo, allí se advertía. Ansaba la instalación de una caldera que descansaba sobre una fuerte obra de rústica construcción , con su correspondiente hogar para aquel fuego que habría de soportar la ebullición del agua hasta una temperatura lo suficientemente elevada para permitir ka cocción del corcho . Un artilugio rudimentario, accionado por el esfuerzo de estos hombres , ejercía una fuerte presión sobre las planchas de dicho producto, las cuales, una vez introducidas en el agua hirviente y sometidas a la presión indicada, perdían su natural relieve cóncavo mientras se cocían, quedando planas y lisas, aptas ya para su manipulación en las fábricas manufactureras.

Una vez cocidas estas planchas y extraídas de la caldera todavía humeantes, los raspadores, en grandes bancadas de madera, procedían a raspar la corteza del corcho, corteza que estaba formada por una materia grumosa y áspera y que había que eliminar antes de su enfarde para la exportación. La raspa se utilizaba , a modo de combustible, para alimentar el fuego de la caldera.

En la demarcación jurisdiccional de Los Barrios existieron las siguientes calderas de cocer corcho:

FINCA                INSTALADA EN

Zanona             el Caserío

Ahojiz                el Caserío y puente los Tajos.

La Granja         el Caserío y hoyuelos.

Cortijo               Las Pilas Estación de ferrocarril.

Y como obreros de esta población, tanto en sus funciones de capataces, como simples laborantes en faenas de saca, cocido y raspa, quiero dejar testimonio de nombres como: Luis Mondique, Juan Lucas, Pedro Gavira, Miguel Navarro, Cristóbal Martínez, , José Coca, Manuel Lobato, Francisco Guerrero (Curro Batalla), Juan Vera, Antonio Cabrera, José Ballesteros, Francisco Fernández, Juan Montes de Oca, Antonio Herrera, Sebastián Mateo, Pepe Martínez, Pedro Moreno, Pedro Castro, Francisco y Antonio Tineo, y tantos otros.

La historia de los pueblos no la escriben solamente sus hijos ilustres. También estos modestos jornaleros, con su abnegación y trabajo, han contribuido a dignificar la historia del campesino de Los Barrios. Y como final de este capítulo dedicado al mundo del corcho, he aquí mi sincero homenaje a todos estos hombres.

 

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